Tras el pequeño batacazo que me llevé con
El camino de las sombras, mi primer acercamiento a la obra de Brent Weeks, digamos que no tenía demasiadas ganas de volver a leer ninguna novela suya. Sin embargo, cuando el año pasado salió a la venta
El prisma negro, lo único que me encontraba allá por donde iba eran críticas excelentes y enormemente entusiastas que ensalzaban
la gran mejoría del escritor estadounidense entre el recién estrenado título y sus otros trabajos anteriores. Aprovechando que hace apenas unos meses el sello Fantascy sacó al mercado
La daga de la ceguera, segunda parte de la saga, no he querido pasar por alto la oportunidad de reconciliarme con el particular estilo de Weeks y comprobar por mí mismo si de verdad merecía la pena seguir invirtiendo tiempo en las novelas de este señor. Pues bien, después de un intenso fin de semana en el que me ventilé las 700 páginas que tiene
El prisma negro sin apenas darme cuenta, he de confesar que Brent Weeks no solo
ha conseguido superarse a sí mismo sino que me ha dejado profundamente impresionado con el cambio. Conjugando los elementos más característicos del género y añadiéndole un irresistible toque personal basado en un sistema de magia que pocas veces se ha visto, Weeks ha elaborado una historia de fantasía épica tan hipnótica como explosiva,
una aventura absorbente, imprevisible y gamberra que lo sitúan como uno de los autores actuales más a tener en cuenta.
Sin adulterar por ningún otro color, trazar ese azul era complicado. Peor aún, trazarlo hacía que el prisionero se sintiera aburrido, desapasionado, en paz, incluso en armonía con ese lugar. Y hoy necesitaba el fuego del odio. Hoy pensaba escapar.
Imaginaos un mundo consumido por las nefastas consecuencias de la guerra aun años después de que terminara, un mundo donde siete naciones vecinas viven continuamente enzarzadas en intrigas políticas, desencuentros diplomáticos y profundas tensiones en sus fronteras, un mundo donde adoran a una sombría divinidad vengativa y en el que sus habitantes
poseen la capacidad de manipular la luz para deformar la realidad a su antojo. Imaginaos todo eso y tendréis ni más ni menos que el fascinante universo sobre el que transcurre la historia de
El prisma negro. Gavin Guile es el Prisma, una de las mayores instituciones a nivel social, gubernamental y religioso que existen en el mundo, un hombre poderoso, inteligente y algo pícaro que no se deja vencer por la aplastante presión de sus responsabilidades. Sin embargo, cuando Gavin descubre que tiene un hijo engendrado durante la guerra, su único objetivo será el de
rescatarlo de una existencia mísera y mantenerlo bajo su ala protectora mientras dure su formación en el arte de la magia. Por su parte, Kip es un joven regordete, torpe y de escasas aptitudes militares, bastante alejado del prototipo de héroe protagonista sobre el que recaen todas las virtudes y que siempre sale airoso de cualquier circunstancia adversa.
Lo cierto es que el elenco de personajes que aparecen en
El prisma negro se asemeja bien poco al de los moldes establecidos para el género, siendo este un hecho que permite
una caracterización más flexible e interesante y que conduce a multitud de situaciones sorprendentes donde el valiente ha de ser rescatado y la indefensa pero astuta dama se ve obligada a sacar las uñas. Desde el mismo comienzo de la novela, Brent Weeks se encarga de dirigir el cotarro a un ritmo endiablado que no deja espacio para asimilar la gran cantidad de cosas que ocurren en ella. Curiosamente,
El prisma negro no es una obra que destaque por su alto contenido bélico (que lo tiene), pero la enrevesada red de tramas y arcos argumentales que se desarrollan a lo largo de la novela está tan bien dosificada, sabe captar la atención del lector de forma tan precisa y es
capaz de pegar unos giros tan radicales que si en un principio su falta de acción podría parecer una desventaja, acaba convirtiéndose en una de sus principales bazas. De hecho, es precisamente en ese último tirón argumental cuando la novela deja ver sus mayores carencias narrativas y la historia adquiere un tono caótico, disperso y descompasado que empaña en cierta medida el resultado final.
-Tarde o temprano, tendrás que decidir no solo en qué quieres creer, sino cómo vas a hacerlo. ¿Vas a creer en alguien, en alguna idea, en Orholam? ¿Con el corazón o con la cabeza? ¿Creerás en lo que tienes delante o en lo que piensas que conoces?
Ahora bien, hay varias cosas que no me han terminado de convencer de
El prisma negro y la primera de ellas es el modo en que Brent Weeks dedica párrafos y párrafos a describir de forma errática e innecesaria el funcionamiento de un sistema mágico que se sostiene por sí mismo y que
podría haber estado mucho mejor explotado. Todo lo referente a la luxina (material que se extrae de un color en particular y que adopta la forma y la función que se desee) visualmente llama mucho la atención, pero la verdad es que me ha resultado un poco escaso. Por otro lado, he notado cierta falta de frescura en los diálogos, he echado de menos una mayor variedad de escenarios y la inclusión reiterada de chascarrillos, bromas, chistes y salidas de tono que pretenden ser graciosas resulta
cuando menos un incordio. Dejando a un lado los pocos aspectos negativos de la novela, solo me queda reconocer el gran salto de calidad que ha efectuado Brent Weeks en la creación de
El prisma negro y recomendar a cualquier amante de la fantasía que se atreva a deslizarse entre sus cientos de páginas. No cabe duda de que estamos ante una lectura salvajemente entretenida,
una novela original, satisfactoria, divertida a veces, que invita a elaborar interesante teorías sobre el futuro de la saga y que ahonda de forma perspicaz en las relaciones que establecen entre sí sus carismáticos personajes. Por eso, nunca mejor dicho, no dudes en dejarte iluminar por su intensa luz.
El prisma negro, Brent Weeks