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Lana Corujo - Han cantado bingo

martes, 21 de octubre de 2025



► Título original: 
► Traducción: —
► Año: 2025
► Edición:  Reservoir Books (2025)
► Páginas: 184


¿Se ha elegido ya el libro revelación de 2025? ¿Podemos confirmar a Lana Corujo como la sensación literaria de la temporada? No suele ocurrir muy a menudo, pero en Han cantado bingo he encontrado, al fin, uno de esos libros que corren por las redes como la pólvora cuya popularidad no hace que me quiera tirar de los pelos. Me pinchan y no sangro. Y es que el sólido debut de Lana Corujo (Lanzarote, 1995) es una historia profundamente conmovedora que, dando lo prometido, explora las ramificaciones del duelo y la memoria con una sensibilidad y una madurez narrativa que parecen impropias de una novata. Pero claro, la vida es una experiencia que no se ensaya y la tristeza, que puede ser tan temprana como la infancia, constituye formación suficiente para alumbrar una obra escrita con tinta, tierra volcánica y un buen puñado de lágrimas.

Lana Corujo ha creado una novela traviesa e inclasificable, resistente a las etiquetas, que solo obedece a las retorcidas reglas de su propio juego. Un rompecabezas difuso y hecho de fragmentos con el que dos hermanas se entretienen mientras el lector trata de resolver el misterio que las sobrevuela. La narradora de Han cantado bingo describe en un descorazonador tono de inocencia interrumpida sus vivencias junto a Alejandra —dos años menor que ella— en una pequeña villa insular que está enclavada al borde de una montaña conocida como El Ahorcado. A través de una cronología rebelde y febril vislumbramos escenas, a veces tan fugaces como un destello, que retratan una convivencia marcada por el alcoholismo y la desatención, pero también por una entrañable sororidad que rodea a las dos hermanas como el abrazo de una cinta irrompible.

Creo que el truco de magia más efectivo de esta novela, que se devora con una urgencia autodestructiva, es la magnífica ambientación de un universo narrativo donde se dan cita terroríficos monstruos nocturnos, canciones sobre el magnetismo de la muerte, sombrías premoniciones, una maldición sobrenatural que se transmite de generación en generación y hasta un volcán que te clava su ominosa mirada con ojos vigilantes. De manera tan convincente como imaginativa, Lana Corujo recrea el carácter crepuscular de la niñez con una cadencia onírica que resulta sobrecogedora y reconfortante a partes iguales. No obstante, a veces la realidad ahoga el sueño. En manos de Lana Corujo, los pasillos y recodos de la nostalgia constituyen los cimientos de una casa que se vuelve inhabitable cuando golpea la tragedia y, de repente, una parte esencial de ti acaba convertida en un fantasma, arrancado del tiempo, congelado en el recuerdo para toda la eternidad.

En ese sentido, Han cantado bingo constituye una bella meditación sobre la necesidad de reclamar un espacio individual para procesar la pérdida y expiar la culpa. Con un inconfundible acento canario que dota al conjunto de una textura vibrante, Lana Corujo habla sobre familias disfuncionales y apegos feroces, sobre cómo la ternura es capaz de darse la mano con la sordidez y cuán difícil es inventar palabras para nombrar ciertas ausencias. Han cantado bingo escenifica el poder de la huida como camino para encontrar el consuelo de la distancia y nos enseña que el remordimiento no siempre significa estar arrepentido de tus pecados y pequeñas villanías, sino estar dispuesto a cruzar infinitos terrenos de rofe solo para mostrar un último gesto de bondad. Sin ser una obra especialmente pionera ni revolucionaria, la primera novela de Lana Corujo me ha parecido una lectura absorbente, cautivadora y con tremenda personalidad que sitúa en el mapa un nuevo lugar donde cartografiar nuestro más hondo desconsuelo.


«Quizás un día se lo cuente a alguien y lo que reciba de vuelta sea amor y comprensión, un cuerpo ajeno al mío en el que pueda descansar. El mundo me muestra una apertura donde estoy sola con mi secreto.»


★★★

Wioletta Greg - Tragar mercurio

martes, 30 de enero de 2018



Título original: Guguły
Traducción: Karolina Todorowa
Año: 2014
Editorial: :Rata_
Páginas: 216


Tragar mercurio, primera novela de la poeta de origen polaco Wioletta Greg (Wioletta Grzegorzewska), es un libro disidente que se mueve por los márgenes de la literatura, una de esas raras aunque cautivadoras piezas de coleccionista que la editorial :Rata_ acostumbra desde sus inicios a incluir en su cada vez más inclasificable catálogo. Tragar mercurio es también un retrato poco halagüeño de la infancia, a la que Greg describe como una fruta podrida cuyo hueso se nos puede quedar atravesado en la tráquea. Una infancia, la de la autora, rural, agreste, amputada de inocencia, asediada por la escasez de recursos y los continuos cortes de luz que caracterizaron la región polaca donde transcurre la acción de la novela durante mediados de los 80.

No obstante, la de Wiola no se nos presenta como una infancia particularmente infeliz. Las inclemencias del campo, la precariedad económica, la incertidumbre por el futuro y el trato abusivo por parte de algunos adultos se diluyen en la incesante corriente de los días, marcada por las exigencias del trabajo, el costumbrismo religioso y los inapelables rituales que rigen la esfera doméstica. La de Greg es una voz que brota de la tierra, sus raíces profundamente arraigadas en la autoridad que otorga la experiencia. El lenguaje de la joven protagonista, a veces infantil y enajenado, contrasta con su asombroso dominio de tecnicismos y vocablos impropios de su edad, dotando al texto de una enriquecedora dualidad y un incontestable encanto.

Parte de la arrebatadora personalidad de Tragar mercurio reside en el lirismo de su prosa, consecuencia de la formación de Wioletta Greg como poeta, y en la naturaleza episódica de los acontecimientos, recuerdos apenas hilvanados entre sí que, no obstante, adquieren una sorprendente solidez observados como conjunto. Tragar mercurio da la sensación de ser un afectuoso homenaje a la persona que fuimos en la niñez, un cálido abrazo que enviamos desde el futuro a alguien que nunca lo recibirá. Ese mismo sentimiento entre melancólico y desgarrador, ese deseo de entender las experiencias vividas desde la perspectiva que otorga el paso del tiempo, aun sabiendo que no podemos hacer nada para remediar sus efectos, es una constante que guía el desarrollo de la historia y que acompaña al lector en su viaje por las páginas de Tragar mercurio.

Este viaje es, en gran medida, uno de autodescubrimiento. Como fogonazos de luz, los capítulos de Tragar mercurio iluminan de un modo u otro resquicios por los que se vislumbra el inquietante mundo de los adultos. Visiones catárticas, impúdicas, indescifrables al principio, pero que la niña protagonista continúa rumiando hasta otorgarles significado. Tierno y brutal, sobrio y elegante, pero cargado de intrincadas sutilezas, Tragar mercurio es una lectura bastante recomendable que atrapa sobre todo por su aparente sencillez. Una máscara que, espero, no impida a nadie reconocer el valor de un libro que no debe pasar desapercibido.


«Me trajo a casa en febrero. Aún sangrando, después del parto, se acostó en la cama y abrió mi manta, que olía a orina y mucosidad, para comprobar si yo seguía viva, roció el muñón de mi cordón umbilical con violeta de genciana, ató un lazo rojo en mi muñeca para protegerme contra el mal de ojo y durmió durante unas horas. Fue uno de esos sueños en los cuales uno decide si se va o si se queda.»

PUNTUACIÓN: ★½

 
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