Mucho antes de que nacieran Philip Kotler, la Teletienda o las demenciales rebajas de Book Depository, ya había en el mundo gente dotada con la pasmosa habilidad de encasquetarte sus productos como quien no quiere la cosa, transformando la apatía inicial o la simple curiosidad del cliente en una imperiosa necesidad de conseguir aquello que se está ofertando. O si no, que se lo pregunten a Blancanieves el día que, estando tan tranquilamente viviendo de okupa en medio del bosque, abrió la puerta de la cabaña y se encontró a una bruja con muy malas intenciones, dispuesta a terminar con su vida mediante obsequios sumamente atractivos pero envenenados. ¿Os imagináis por un momento sosteniendo en vuestras manos esa manzana dulce, jugosa y reluciente, estimulando en gran medida vuestros sentidos, pidiendo a gritos que le deis un fuerte bocado, lejos de imaginar que un simple mordisco os causará la muerte? Sin haber estudiado ninguna carrera (y eso que por entonces seguramente las matrículas aún se podían pagar), está claro que la bruja del cuento sabía muchos y muy útiles trucos sobre márketing, antes incluso de que se acuñara ese término. Sabía, por ejemplo, que no puedes presentar un producto defectuoso ante un público ingenuo sin haber retocado primero el envoltorio, y que si además consigues embelesar a tu presa por medio de una llamativa puesta en escena, poco o nada parece importarle a nadie el contenido de dicho objeto.
En el mundo editorial pasa algo parecido: en vista de la alarmante cantidad de novedades que salen cada año al mercado, ha dejado de ser suficiente (a veces, es sencillamente irrelevante) el haber escrito una buena novela para que tu libro salga a flote entre esa inmensa marea de publicaciones que se pueden encontrar en cualquier librería. Así pues, el objetivo prioritario a la hora de vender un libro cada vez tiene menos que ver con motivos puramente literarios; ahora lo que importa es entrar por el ojo, llamar la atención del visitante casi a cualquier precio. En definitiva, cuidar la portada. Aunque pudiera extenderse hacia cualquier género, este fascinante a la par que peligroso fenómeno se encuentra presente sobre todo en las novelas de corte adolescente, sector sumamente influenciable y con mayor disposición a dejarse engatusar por las radiantes tipografías, los voluptuosos vestidos que porta la protagonista y las efervescencias lumínicas que predominan en la gran mayoría de portadas juveniles.
De hecho, no es difícil encontrar en la bloggosfera numerosos artículos enfocados única y exclusivamente a hablar de este tema, desde los que se dedican a intercambiar impresiones sobre una portada en particular hasta los que recopilan las diferentes cubiertas que un mismo libro tiene en sus respectivas ediciones internacionales. Tampoco faltan los arrebatos de locura colectiva (campañas, recogida de firmas y viudas plañideras incluidas) que se producen cuando una editorial española modifica el diseño original de una novela o cuando el último libro de una determinada saga rompe por completo con el aspecto que muestran sus anteriores entregas. Por tanto, queda demostrado que la portada de un libro es un tema del que se discute largo y tendido tanto en blogs como en otras redes sociales, un tema que preocupa hondamente a la población española, no sé si por delante del terrorismo o de la crisis económica, pero claramente situado en uno de los primeros puestos. Esto, por supuesto, no es ningún inconveniente en sí mismo. El problema, y la génesis de este artículo por añadidura, viene cuando un rasgo tan peregrino, superfluo y, por decirlo de alguna manera, gilipollesco (que la RAE me perdone), se convierte para alguien en algo de tanta trascendencia que determina a un grado irracionalmente elevado los criterios literarios de dicho individuo. Frases del tipo "la portada es una de las cosas más importantes", "tiene una edición tan bonita que me vi obligado a cogerlo", "con esa portada no lo compro ni borracha" [sic] o mi favorita "ya me han vuelto a destrozar la estantería", indican un gusto exagerado por la estética y me recuerdan aquella maravillosa época cuando la portada de cada libro se componía solamente de su título y el nombre de su autor estampado sobre un fondo unicolor.
Al fin y al cabo, ¿cuántas veces no os ha pasado que habéis adquirido una novela principalmente por su portada y la experiencia ha terminado siendo un absoluto fiasco? ¿Cuántos libros buenos, interesantes, mágicos e inolvidables os estaréis perdiendo por culpa de un mero capricho decorativo? ¿No os da la sensación, como a mí, de que las editoriales especializadas en literatura juvenil se dedican con mucho más ahínco a conseguir portadas vistosas (y con ello, el beneplácito de su público) que a disponer de un catálogo competente? Uno de los ejemplos que más me han llamado la atención a este respecto por lo grotesco del caso es el de La selección, de Kiera Cass, novela publicada en España el pasado año por Roca Editorial. Fueron innumerables las personas que se deshicieron en elogios hacia la portada y el fantástico, estupendo, precioso [insertar adjetivo calificativo aquí] vestido de la protagonista, pero muy pocas las que se dedicaban a comentar lo que realmente importa: el argumento. A medida que se iban sucediendo las reseñas del libro, pude comprobar cómo el éxtasis inicial que había despertado esta obra se iba desplomando poco a poco hasta acabar siendo sustituido por un comprensible estupor (hubo quien lo puso de soberana mierda para arriba) que venía provocado por el insultante desarrollo de la idea inicial.
Sin embargo, como contraposición a este despliegue de banalidad artística, podríamos hacer referencia a la portada sobria, simplista y nada reveladora de El guardián entre el centeno, libro que no precisa de mayores presentaciones ni de una bella ilustración que respalde su impecable calidad. También es cierto que sobre gustos no hay nada escrito y que donde tú ves una portada armoniosa y extraordinaria yo veo un Ecce Homo en todo su magnífico esplendor (aquí es donde hablamos de Susurros, cuya portada no solo a mí me parece una sublime horterada). Sea cual sea tu caso, un verdadero amante de la literatura debería dejar que este tipo de cuestiones secundarias nunca le impidan disfrutar de una buena novela. No pretendas convertir tu estantería en una galería del Prado. Al fin y al cabo, el tiempo ha demostrado en repetidas ocasiones que dejarse llevar por este tipo de impulsos visuales a menudo conlleva enormes decepciones y despilfarros que podrían haberse evitado. ¿Quién sabe? Quizá vaya siendo hora de eliminar los prejuicios, las manías y los pretextos que existen sobre el siempre sorprendente universo de las portadas. Quizá haya llegado el momento revolucionario de apostar por las cubiertas sosas, antiestéticas u ofensivamente feas, de dejar, por nuestro propio bien, las manzanas podridas dentro de la cesta.
Al fin y al cabo, ¿cuántas veces no os ha pasado que habéis adquirido una novela principalmente por su portada y la experiencia ha terminado siendo un absoluto fiasco? ¿Cuántos libros buenos, interesantes, mágicos e inolvidables os estaréis perdiendo por culpa de un mero capricho decorativo? ¿No os da la sensación, como a mí, de que las editoriales especializadas en literatura juvenil se dedican con mucho más ahínco a conseguir portadas vistosas (y con ello, el beneplácito de su público) que a disponer de un catálogo competente? Uno de los ejemplos que más me han llamado la atención a este respecto por lo grotesco del caso es el de La selección, de Kiera Cass, novela publicada en España el pasado año por Roca Editorial. Fueron innumerables las personas que se deshicieron en elogios hacia la portada y el fantástico, estupendo, precioso [insertar adjetivo calificativo aquí] vestido de la protagonista, pero muy pocas las que se dedicaban a comentar lo que realmente importa: el argumento. A medida que se iban sucediendo las reseñas del libro, pude comprobar cómo el éxtasis inicial que había despertado esta obra se iba desplomando poco a poco hasta acabar siendo sustituido por un comprensible estupor (hubo quien lo puso de soberana mierda para arriba) que venía provocado por el insultante desarrollo de la idea inicial.Sin embargo, como contraposición a este despliegue de banalidad artística, podríamos hacer referencia a la portada sobria, simplista y nada reveladora de El guardián entre el centeno, libro que no precisa de mayores presentaciones ni de una bella ilustración que respalde su impecable calidad. También es cierto que sobre gustos no hay nada escrito y que donde tú ves una portada armoniosa y extraordinaria yo veo un Ecce Homo en todo su magnífico esplendor (aquí es donde hablamos de Susurros, cuya portada no solo a mí me parece una sublime horterada). Sea cual sea tu caso, un verdadero amante de la literatura debería dejar que este tipo de cuestiones secundarias nunca le impidan disfrutar de una buena novela. No pretendas convertir tu estantería en una galería del Prado. Al fin y al cabo, el tiempo ha demostrado en repetidas ocasiones que dejarse llevar por este tipo de impulsos visuales a menudo conlleva enormes decepciones y despilfarros que podrían haberse evitado. ¿Quién sabe? Quizá vaya siendo hora de eliminar los prejuicios, las manías y los pretextos que existen sobre el siempre sorprendente universo de las portadas. Quizá haya llegado el momento revolucionario de apostar por las cubiertas sosas, antiestéticas u ofensivamente feas, de dejar, por nuestro propio bien, las manzanas podridas dentro de la cesta.





