Richard Yates - Mentirosos enamorados

viernes, 13 de febrero de 2026



► Título original: Liars in Love
► Traducción: Andrés Barba
► Año: 1981
► Edición:  Fiordo Editorial (2025)
► Páginas: 296


Comparado a menudo con figuras de la talla de F. Scott Fitzgerald o Ernest Hemingway, Richard Yates (Nueva York, 1926) es seguramente uno de los autores norteamericanos más destacados del período de posguerra. Suya es la aclamada novela Revolutionary Road, aunque es su faceta de cuentista la que cultiva en esta magistral colección de relatos titulada Mentirosos enamorados. El propio título lleva a un desolador equívoco que viene a indicar el tono de las historias aquí reunidas: historias que poco o nada tienen que ver con el amor, ni con la mentira, ni siquiera con las mezquinas implicaciones que desprende semejante conjunción de términos. Más bien, el irresistible hechizo que subyace en los relatos de Richard Yates nace precisamente de su habilidad para revelar el artificio, la imperdonable traición de las expectativas.

Sí, los personajes de Richard Yates son en gran medida individuos que han caído víctimas de una estafa pergeñada por ellos mismos. Desde artistas con aspiraciones profesionales poco realistas hasta escritores a la caza del éxito, soldado retirados o mujeres de mediana edad que persiguen un ideal cinematográfico de la pasión, las cautivadoras historias recogidas en Mentirosos enamorados dan buena cuenta de cómo el eufórico bullicio social posterior a una crisis supone el caldo de cultivo idóneo para unos niveles astronómicos de autoengaño.

En «José, estoy tan cansada», la madre del protagonista recibe el encargo de esculpir un busto del presidente Roosevelt, convenciéndose de que ese trabajo supondrá un repunte para su carrera que le permitirá expandir su red de contactos hasta el punto de convertirse en un referente a escala nacional. «Una chica natural», por otro lado, narra la problemática relación de una joven llamada Susan Andrews con su profesor de universidad, una crónica descorazonadora de cómo la aplastante cotidianidad va erosionando un idilio que parecía en principio inquebrantable.

Otros relatos como «La prueba», en el que dos amigas deciden irse a vivir juntas con sus respectivos hijos a un barrio pudiente, o el propio «Mentirosos enamorados», que da título a la colección, son de esas piezas breves que se te quedan grabadas en la memoria por su cocción lenta pero absolutamente lapidaria. En el segundo, Richard Yates realiza un soberbio derroche de caracterización poniéndonos en la piel de Warren Mathews, un hombre de familia que viaja a Londres gracias a una beca solo para verse arrastrado a la vorágine de un adulterio que pondrá en evidencia la fragilidad de esas promesas dedicadas a los amantes condenados a no ser otra cosa más que un humillante tropiezo.

Leyendo sus relatos, imbuidos de un realismo tan decadente como arrollador, uno llega a la conclusión de que Yates encuentra cierto regocijo francamente sádico en hacer pasar a sus personajes por las situaciones más comprometedoras. En la narrativa de Yates no es infrecuente toparse con hombres y mujeres decepcionados, derrotados incluso, frustrados por no encontrar el cumplimiento de sus anhelos más íntimos o por haber contemplado su apabullante derrumbe. Sin tramas intrincadas ni espectaculares giros argumentales, las historias de Richard Yates brillan por su capacidad para capturar escenas, conversaciones y personajes rabiosamente verosímiles, domésticos, ordinarios pero dotados de una profundidad vibrante que no necesita más que unos esbozos para hacerse palpable.

Hermano estético y espiritual de Mad Men, Mentirosos enamorados es el lugar donde divorciarse de las ilusiones y abrazar la resignación. Una maravillosa exploración de sentimientos como la soledad, la infelicidad, el fracaso o el desamparo. Un refugio inhóspito para personajes trasnochados e irreverentes donde al entrar por la puerta el feminismo salta por la ventana. Y es que, ya sean prostitutas, seductoras secretarias o amas de casa desesperadas, las chicas de Richard Yates bastante tienen con no acabar al borde un ataque de nervios como para huir también de los clichés o la siempre insatisfactoria validación masculina. No obstante, si los relatos de Richard Yates desprenden una sola lección, bien podría ser la siguiente: no existe situación en la vida para la que no se pueda comprar una salida, tanto si te la puedes permitir como si no.


«—Sí, bueno... Pero escucha, estas cosas pasan todo el tiempo. Las mujeres se cansan de los hombres, los hombres se cansan de las mujeres. No se te puede romper el corazón cada vez que te cruzas con un fracasado.»


★★

Claire Keegan - Cosas pequeñas como esas

miércoles, 11 de febrero de 2026



► Título original: Small Things Like These
► Traducción: Jorge Fondebrider
► Año: 2021
► Edición:  Eterna Cadencia (2021)
► Páginas: 96


Cuesta creer que un libro tan corto pueda encerrar un mensaje tan poderoso, pero lo cierto es que la escritora irlandesa Claire Keegan (Wicklow, 1968) ha demostrado con incuestionable solvencia que la brevedad no está reñida con la hondura. Nada tiene que envidiar Cosas pequeñas como esas a grandes clásicos universales como Cuento de Navidad, donde queda patente que no todo el mundo maneja la misma predisposición a ser poseído por el espíritu festivo. Sin embargo, al contrario que en la fábula de Dickens, aquí no hay rastro de fantasmas ni moralejas aleccionadoras. Solo la crudeza implacable de la intemperie en invierno. Nada más que un hombre ante la crucial disyuntiva de ocuparse de sus asuntos o tender la mano y marcar la diferencia.

El protagonista de Cosas pequeñas como esas es Bill Furlong, un hombre discreto y apacible que regente un negocio familiar en un pequeño pueblo irlandés durante la década de los 80. Felizmente casado y padre de cinco hijas encantadoras, Furlong encarna el ideal de vecino modélico, un pilar indispensable que mantiene la comunidad a flote a pesar de haber tenido unos inicios difíciles en la vida. Y es que Furlong, cuyo padre jamás llegó a conocer, se crio bajo la protección de una viuda protestante que los acogió a él y a su madre en un momento de extrema necesidad, cuando lo más sensato quizá hubiera sido huir lo más lejos posible de la presencia ominosa de una muchacha soltera y embarazada que llama a tu puerta.

Marcado por la voluntad de sacrificio y el altruismo de esta buena samaritana, Furlong se verá obligado a meditar sobre la influencia que ha ejercido en su vida la generosidad ajena cuando se cruce en el camino de Sarah, una niña a la que encuentra en condiciones deplorables tras haber escapado del convento local. Pronto, Furlong descubrirá que esta institución regentada por la Iglesia Católica no es sino una residencia de penitencia moral donde van a parar jóvenes huérfanas o repudiadas por sus familias tras haber cometido un error demasiado vergonzoso como para no dejarlo en manos del Estado. Indignado por el tratamiento que reciben las inquilinas de este convento, Furlong no dudará en plantarle cara a la injusticia, aun cuando rebelarse suponga ponerse en el disparadero y arriesgarse a dinamitar la tranquilidad de su propia casa.

Haciendo gala de una diáfana contención emocional y una impecable economía de recursos, Cosas pequeñas como esas es una magnífica obra literaria que se ha ganado a pulso la consideración de clásico contemporáneo. Claire Keegan no solo señala la silenciosa hipocresía religiosa y moral que tantas víctimas ha causado a lo largo de la historia, sino que lo hace a través de un relato íntimo, ordinario, carente de la épica propia de las grandes gestas, pero imbuido del mismo potencial transformador. Una novela que se pregunta sin ningún tipo de pudor ni pacto de no agresión cuál es el verdadero significado de conceptos de raigambre cristiana como la misericordia, la empatía o la caridad.

En Cosas pequeñas como esas, el inolvidable y carismático Bill Furlong, convertido en héroe accidental, experimenta un catártico despertar de la conciencia a medida que las piezas perdidas de su biografía van cobrando la forma de misterios revelados, secretos expuestos desde siempre ante la mirada distraída de cualquiera que quisiera ver. Porque si algo nos recuerda Claire Keegan en esta sublime y comprometida obra es que no existe ceguera más trágica que la voluntaria, la que prefiere ignorar, la que no se involucra. Sí, permanecer pasivo ante el dolor de los demás puede ser un crimen tan imperdonable como causarlo.  


«El día aún no despuntaba, y Furlong miró hacia el río oscuro y brillante cuya superficie reflejaba partes equivalentes del pueblo iluminado. Eran tantas las cosas que se veían mejor, cuando no estaban tan cerca.»




Penelope Lively - Moon Tiger

lunes, 9 de febrero de 2026



► Título original: Moon Tiger
► Traducción: Leonor Saro
► Año: 1987
► Edición:  Impedimenta (2025)
► Páginas: 288


En su aclamada novela, valedora del Premio Booker en 1987, la escritora británica Penelope Lively (El Cairo, 1933) contraviene la idea de que la historia es un relato universal. ¿Qué es una sola vida, en apariencia intrascendente e insignificante, dentro del inexorable transcurso de los acontecimientos globales? Y sin embargo, a menudo son las acciones individuales las que alteran permanentemente el devenir de la humanidad, condicionando de forma irrefutable la trayectoria de millones de vidas.

La protagonista de Moon Tiger, Claudia Hampton, es una prestigiosa historiadora, escritora y antigua corresponsal de guerra que, postrada en la cama de un hospital londinense, emprende en sus últimos días el ambicioso proyecto de escribir una «historia del mundo». Sin embargo, se trata de una empresa condenada de antemano al fracaso, y pronto la propia Claudia —y con ella, el lector— se da cuenta de lo deformada que está la versión documentada de los hechos cuando se compara con su propia experiencia personal, una ficción infinitamente más lúcida, intensa y reveladora que la realidad.

Como mujer vapuleada por los vaivenes de la historia, Claudia se enfrenta a una reconstrucción caleidoscópica de los capítulos más trascendentales de su vida desde el implacable púlpito de la vejez. Empezando por una infancia marcada por la excitante rivalidad intelectual con su hermano Gordon, a quien desprecia e idolatra a partes iguales, Claudia Hampton se muestra desde el inicio de la novela como una auténtica fuerza de la naturaleza, decidida a forjar el carácter necesario que le permita sobrevivir a un mundo dominado por la caprichosa voluntad de los hombres.

Denostada por sus compañeros de profesión, quienes califican sus aproximaciones heterodoxas a la interpretación de la historia como meros delirios fantasiosos, Claudia Hampton se convierte en una figura tan prominente como polémica allí por donde pasa, una mujer que huye de las convenciones de su época y que persigue la libertad sin ataduras aun a costa de la validación como esposa y madre. Heroína totalmente atípica, personaje ególatra e insoportable para la mayoría de quienes la rodean, Claudia Hampton se erige como una protagonista de cuestionable catadura moral, pero absolutamente fascinante en su incómoda complejidad.

Persiguiendo el espíritu de su indomable narradora, Moon Tiger se presenta como una novela inclasificable, fragmentada, operando en fugaces destellos de genialidad narrativa que alternan la perspectiva histórica conocida por todos con la intimidad de la esfera privada. Moon Tiger es una excepcional meditación sobre el amor, la memoria, el tiempo, la conciencia, el lenguaje, los horrores de la guerra y el modesto papel que puede jugar uno en el gran esquema de las cosas. Y aunque la autora se toma su tiempo merodeando alrededor del núcleo de la novela, Moon Tiger no es sino la magistral evocación de un inolvidable romance con sabor a épica, no sé si por su fugacidad, su cualidad trágica, su desarrollo en el contexto de las batallas norteafricanas de la Segunda Guerra Mundial o una combinación perentoria y explosiva de todas ellas.

De lo que no cabe duda es de que Penelope Lively despliega en Moon Tiger una capacidad desbordante para emocionar, para trasladar a nuestro tiempo las turbulencias características del siglo XX y para hacernos sentir compasión por una protagonista que es de todo menos simpática: verdugo para muchos, mera víctima de las circunstancias para otros. Haciendo alarde de una sensibilidad sobrecogedora y una demoledora autoridad narrativa, Penelope Lively nos obliga a considerar el carácter efímero de la vida, enfrentada en contraste eterno con sus huellas imborrables.


«Tal vez, para aquellos a los que sí les importa y que luchan para que no suceda, esta sea la forma secular del infierno: permanecer en formas que no nos gustan en el recuerdo de los demás.»



 
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