Cesare Pavese - La playa

lunes, 22 de octubre de 2018


«Empezaba a entender que nada es más inhabitable que un lugar en el que hemos sido felices».


Título original: La Spiaggia
Traducción: Melina Márquez
Año: 1942
Editorial: Altamarea
Páginas: 120


La playa, del escritor italiano Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, 1908 - Turín, 1950), es quizá uno de los mejores ejemplos de lo que puede llegar a lograr la narrativa breve en las manos adecuadas. Con excepcional artesanía, Pavese extrae todo el jugo a una historia que es, en realidad, ausencia de ella. En lugar de presentarnos una trama convencional, Pavese construye su obra a partir de trazos impresionistas, momentos aparentemente banales y deshilvanados que, no obstante, irradian una profunda sensación de movimiento. 

El planteamiento, sencillo, es el que sigue: un narrador anónimo lamenta el declive de su relación con Doro, un inseparable amigo de juventud al que le pierde la pista cuando se traslada a Génova para casarse con una chica llamada Clelia. Aunque se siguen viendo de manera esporádica, ya nada vuelve a ser lo mismo entre ambos. La confianza y la complicidad de antaño dan paso al resentimiento, la desazón, la nostalgia por ese vínculo interrumpido. Tras lo que a todas luces parece una disputa conyugal, Doro regresa al pueblo donde trascurrió su infancia y se reencuentra con el protagonista, al que finalmente invita a pasar con él una temporada en su casa de la playa. Allí, acompañados por un fascinante y variopinto elenco de personajes, Doro y el narrador contemplan el monótono transcurrir de los días, envueltos en una refrescante brisa veraniega y el incesante rumor del oleaje.

La playa es, en gran medida, una obra impregnada de añoranza y desaliento. De un modo que resulta sumamente trágico, los personajes de Pavese viven el presente con la mente puesta en el pasado. A pesar del bullicio que late entre sus páginas y los ajetreados incidentes que salpican las vacaciones de Doro y compañía, se respira entre las páginas de La playa una atmósfera sombría, incluso fatídica. Todo ello insinuado de una forma sugerente, subrepticia, tal y como parece ser característico en la literatura del escritor italiano. Aquí, como en la vida, el nudo narrativo se desarrolla en los márgenes del relato. Es el lector quien debe hacer un esfuerzo por intuir lo que subyace tras los gestos, las palabras y los silencios de los personajes, inmersos siempre en sus propias cavilaciones. Es un ejercicio exigente y sí, en ocasiones poco agradecido, pero en el caso de La playa, donde pesan tanto los esbozos y las sensaciones —mucho más que las certezas—, el esfuerzo se ve gratamente recompensado. 

PUNTUACIÓN: ★★★☆

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