Kopano Matlwa - Florescencia

jueves, 17 de enero de 2019



Título original: Period Pain
Traducción: Magdalena Palmer
Año: 2016
Edición: Alpha Decay (2018)
Páginas: 128


Florescencia, de la joven escritora sudafricana Kopano Matlwa (Pretoria, 1985), es uno de esos libros que parecen haber sido fruto de un monumental expurgo. Para muchas voces emergentes como la de Matlwa, la literatura se ha convertido en el recipiente donde volcar todo el dolor que ya no pueden contener sus cuerpos. Dolor, por un lado, físico, que se manifiesta en el caso de Masechaba, la protagonista de Florescencia, a través de aparatosas hemorragias menstruales causantes, además, de una punzante humillación. Pero también el agudo dolor emocional, mucho más imperceptible y diversificado, que Masechaba experimenta a raíz del suicidio de su hermano, con el que continúa mensajeándose después de muerto a modo de pantomima para evitar la realidad. 

De forma paradójica, Masechaba —al igual que la autora— acaba ejerciendo medicina en un hospital de pocos recursos, donde la precariedad del sistema sanitario, unido a los desgarradores testimonios que Masechaba escucha día tras día de boca de los enfermos, hacen que la voluntad y el ánimo de la protagonista se deterioren a pasos agigantados. Incapaz de mitigar su propio sufrimiento ni salvar la vida de todos sus pacientes, Masechaba se deja arrastrar por una corriente de desesperanza del que ni el activismo político, ni la amistad, ni la educación religiosa recibida logran rescatarla. El hastío, la rabia y la impotencia se apoderan de su voz, impregnando la narración de un tono absolutamente mordaz que resuena en el texto como auténticas dentelladas. 

Con una asombrosa economía de recursos, Kopano Matlwa traza en Florescencia el vibrante retrato de una época convulsa en la historia de Sudáfrica. Matlwa deja aquí entrever los rasgos más desfavorecedores de una sociedad machista, xenófoba y anclada a todo tipo de supersticiones. La inestabilidad del país, sumada al constante aumento de las tensiones raciales, propician un estallido de violencia que se lleva por delante a Masechaba con todas sus devastadoras consecuencias. El relato de Masechaba de los días y semanas posteriores a su brutal violación, perpetrada por una chusma que lo interpretó como una reprimenda a su cada vez más notable participación en los asuntos políticos de la comunidad, supone una lectura tan incómoda como necesaria que derrumba por completo las nociones que creíamos conocer sobre el umbral del dolor. 

Podríamos hablar ahora de la «honestidad brutal» de la que hace gala la autora al exponer de forma tan descarnada un episodio autobiográfico. Podríamos hablar de «confesiones viscerales» y «sentimientos que nacen de las entrañas». Sin embargo, expresiones tan manidas como esas le harían poca justicia a una obra que me ha sorprendido sobre todo por su flagrante renuncia a convencionalismos y lugares comunes. En Florescencia, Kopano Matlwa se recrea sin remordimientos en su particular infierno personal con el objetivo de asimilar el trauma de forma más eficaz. Masechaba imparte en los momentos finales de la novela una magistral lección de supervivencia que quizá no sea la solución más popular, pero que demuestra una conmovedora humanidad y un inquebrantable espíritu de superación. Siempre entre el humor y la agonía, Florescencia se sitúa en esa estrecha franja narrativa que tan pronto es capaz de arrancarte una lágrima como una carcajada. Sin duda, merece la pena descubrir esta maravillosa rareza.


«A veces lo olvido. Me pierdo en la línea de bajo de una canción o en el aroma de la citronela. Entonces soy como cualquier otra persona. Pero luego me pregunto: «¿Por qué estás tan contenta? ¿No te olvidas de algo?» Busco y busco hasta que me acuerdo: Ah, sí; me violaron».


PUNTUACIÓN: ★

Kaouther Adimi - Nuestras riquezas. Una librería en Argel

jueves, 10 de enero de 2019



Título original: Nos richesses
Traducción: Manuel Arranz
Año: 2018
Edición: Libros del Asteroide (2018)
Páginas: 192


Nuestras riquezas, de la joven escritora Kaouther Adimi (Argel, 1986), pertenece a una especie de subgénero literario que nunca caerá en desuso porque se alimenta de un sentimiento imperecedero: sí, esa febril nostalgia que cualquier amante de la lectura ha experimentado al sumergirse entre las páginas de un libro que habla sobre otros libros. Nuestras riquezas es una obra que estruja hasta la última gota, sin ningún tipo de remordimiento, ese pasteloso romanticismo que nos hace venerar la mera proximidad de un manuscrito. Con suma artesanía narrativa, un lenguaje seductor y un tono que atrapa desde la primera escucha, Kaouther Adimi nos invita a pasear por las abarrotadas calles de Argel hasta el 2 bis de la calle Hamani, antigua calle Charras, donde un emprendedor e idealista Edmond Charlot abrió en 1936 una librería de préstamo llamada Las Verdaderas Riquezas.

El relato de Adimi, una biografía novelada del prestigioso editor parisino, está compuesto de tres hilos argumentales que se trenzan a lo largo de la obra hasta formar un delicioso y vibrante fresco donde la librería actúa como epicentro de la narración. Proyecto editorial, estandarte político, refugio para desamparados, testigo de acontecimientos históricos y cuna de escritores como André Gide o Albert Camus, Las Verdaderas Riquezas constituye en sí misma un fascinante personaje que, olvidada ya su época de mayor gloria, está a punto de ser convertida por su nuevo propietario en un puesto dedicado a la venta de buñuelos.

Mientras desaloja las pocas pertenencias que quedan allí, Ryad, un joven ingeniero recién llegado de París que no siente el más mínimo interés por la literatura, irá descubriendo —gracias, sobre todo, a los testimonios de los vecinos— la estrecha conexión existente entre la librería y las gentes del lugar. Intercalado con el relato del presente, encontramos extractos del diario de Edmond Charlot donde se recogen, entre otras cosas, los tortuosos inicios comerciales de la librería, las desavenencias de Charlot con sus socios o el esfuerzo titánico que implicaba llevar a cabo dirigir todas las actividades relacionadas con la recepción, corrección, traducción y publicación de cada nuevo título. El crecimiento lento pero constante, la inevitable llegada de los premios y posterior reconocimiento... de todo ello da cuenta el apasionante diario de Charlot, al que ni los problemas para hacer frente a los pagos, ni la censura, ni el estallido de la Segunda Guerra Mundial, ni el hecho de estar robando cada vez más tiempo a su familia consiguieron arrebatarle la ilusión por estar al frente de Las Verdaderas Riquezas. 

En Nuestras riquezas, lo individual se engarza con lo colectivo de manera sublime. Kaouther Adimi nunca pierde la perspectiva histórica del relato, sino que añade, junto a las de Ryad y Charlot, una tercera capa narrativa que actúa como voz en off y proporciona tridimensionalidad al contexto. El pueblo argelino, en masa, adquiere gracias a Adimi una representación necesaria, una plataforma donde escenificar la historia sangrienta de un país menospreciado por los franceses desde la violenta apropiación de sus tierras y que fue arrastrado interesadamente al conflicto bélico en nombre de una patria que después se desentendió. El conjunto, a pesar de su aparente carácter desarticulado, posee una solidez y una potencia realmente contundentes, haciendo de Nuestras riquezas una de las radiografías metaliterarias más absorbentes, comprometidas y, por encima de todo, enriquecedoras de los últimos años.


«Así es como yo concibo mi trabajo. El escritor tiene que escribir, el editor tiene que dar vida a los libros. No veo límites a esta idea. La literatura es demasiado importante como para no dedicarle todo mi tiempo».


PUNTUACIÓN: ★

Tara Westover - Una educación

martes, 8 de enero de 2019



Título original: Educated
Traducción: Antonia Martín
Año: 2018
Edición: Lumen (2018)
Páginas: 472


Aunque la premisa me picó la curiosidad, confieso que me decidí a leer Una educación movido principalmente por la tremenda popularidad que ha alcanzado a lo largo de este año. La autobiografía novelada de Tara Westover (Idaho, 1986) es uno de esos títulos de ubicuidad probada que no cesan de acosarte con su presencia hasta que aterrizan en tu biblioteca. Pero, ¿quién es Tara Westover y por qué ha causado tanto revuelo su historia? 

Una educación es una obra tan fascinante como estremecedora donde la autora narra su difícil infancia en el seno de una familia compuesta por siete hijos y unos padres que decidieron vivir apartados de la civilización. El padre de Tara, un pastor mormón obsesionado con el Apocalipsis, se erige desde las entrañas del relato como una presencia autoritaria y despiadada que, en su irracional convencimiento de estar siendo perseguido por el gobierno federal, no permite que sus hijos acudan a la escuela, vayan al médico o tomen medicinas. Acuciado por todo tipo de delirios y teorías conspiratorias, el cabeza de familia retiene a su mujer e hijos en un ecosistema rudimentario, sometiéndolos a largas jornadas de trabajo rural que, con los medios disponibles, se vuelven tan agotadoras como peligrosas. La insistencia en mantener un estilo de vida autosuficiente, apartado del sistema, provoca entre otras cosas que una simple negligencia pueda convertirse en una catástrofe letal. 

Con una claridad desgarradora, Westover describe lo que significa crecer y desarrollarse en un mundo sin referencias. A raíz de su incorporación al coro de la localidad, donde empezará a tomar contacto con otros niños de su edad, Tara descubre el alcance de su ignorancia y las consecuencias de su aislamiento. Poco a poco, impulsada por su propia necesidad y por el ejemplo de sus hermanos mayores —que consiguieron escapar de la tiranía paterna y labrarse un futuro más o menos apacible— Tara expresa su deseo de sacarse el título de secundaria y prepararse para el acceso a la Universidad, renunciando así a las paupérrimas lecciones que imparte su madre en casa. Esta decisión sacude por completo los cimientos del hogar, provocando una oleada de represalias que Tara Westover narra en su libro con una honestidad tan brutal como conmovedora.

Sin embargo, el camino que recorre Tara Westover a lo largo de Una educación es mucho más que el de la analfabeta que consigue colarse en una de las universidades más prestigiosas del mundo (trayectoria cuya credibilidad, por cierto, ha puesto en duda más de un lector). Creo que el principal atractivo de Una educación, y lo que convierte, en definitiva, la obra de Tara Westover en una narración inspiradora capaz de cautivar a tanta gente es su forma de reconocer el papel fundamental de la enseñanza en la formación del individuo. Gracias a la educación que Tara Westover se labra a base de dedicación inquebrantable, la autora consigue los medios para romper las cadenas que la atan a su pasado, del que manan todos sus miedos, inseguridades y carencias afectivas. Sin los sentimentalismos ni los exacerbados momentos de lucidez que se suelen asociar a la literatura intimista, Una educación sobresale como el emocionante y valiente testimonio de una autora revelación: una mujer que aprendió, por encima de todo, a ser ella misma.


«Cuando acudió por Navidad vi que leía un libro titulado Los miserables y concluí que debía de ser la clase de obra que leían los universitarios. Me compré un ejemplar con la esperanza de aprender algo de historia y de literatura, pero no fue así. Era imposible, porque no distinguía la ficción del telón de fondo verídico. Napoleón me pareció tan real como Jean Valjean. No había oído hablar de ninguno de los dos».


PUNTUACIÓN: ★

Jenny Erpenbeck - Yo voy, tú vas, él va

lunes, 7 de enero de 2019



Título original: Gehen, Ging, Gegangen
Traducción: Francesc Rovira
Año: 2015
Edición: Anagrama (2018)
Páginas: 336


Hay asuntos de actualidad sobre los que parece imposible hablar sin adoptar un tono sensacionalista o melodramático. Sin embargo, la novelista alemana Jenny Erpenbeck (Berlin, 1967), galardonada con el prestigioso Strega italiano por su último trabajo, consigue ahondar con suma perspicacia y total ausencia de maniqueísmo en el drama que viven miles de personas que tratan de llegar a Europa huyendo de situaciones críticas y se encuentran con un continente cerrado a cal y canto, parapetado tras su comodidad burguesa y una aplastante maquinaria burocrática que, lejos de solucionar, denigra y deshumaniza. 


«Richard piensa, pero no se lo dice, que la Tierra es más bien como un vertedero en el que las distintas épocas caen en la oscuridad, se les llena la boca de tierra, se superponen, y una se aparea con la otra para no engendrar nada, y el progreso consiste tan solo en que, de todo eso, los que deambulan por este mundo no saben nada».


El germen de la historia que Jenny Erpenbeck ha querido contar en Yo voy, tú vas, él va reside en un movimiento pro-inmigración que surgió allá por 2012 en la Oranienplatz de Berlin, sede de multitud de concentraciones y revueltas que tenían como objetivo sensibilizar a la población local sobre la situación insostenible de los refugiados. Richard, el protagonista de la novela, es un catedrático recién jubilado que no atraviesa su mejor momento personal. Abandonado por su joven amante y sin ninguna actividad en la que ocupar todo el tiempo libre del que ahora dispone, decide informarse acerca de los acontecimientos que están teniendo lugar en la Oranienplatz tras escuchar en las noticias que un grupo de manifestantes ha decidido acampar allí de forma indefinida.

Cuando Richard se entera de que los jóvenes inmigrantes han sido reubicados en una antigua residencia para ancianos cerca de su hogar, comienza a acudir allí con regularidad para entrevistarse con estos individuos procedentes de países africanos de los que nunca ha oído hablar. Entre la fascinación y el espanto, Richard escucha pacientemente truculentas historias de tribus en guerra, gobiernos corruptos, familias masacradas y travesías suicidas que acaban con decenas de cadáveres flotando a la deriva en el Mediterráneo. A medida que pasan los días, Richard se convierte en testigo de comportamientos volátiles y extenuantes forcejeos con el idioma, descubre anhelos y aspiraciones no muy diferentes de las de cualquier otro ser humano y se presta a ayudar en todo lo que está a su alcance, ya sea ofreciendo clases de piano o financiando latifundios al otro lado del globo.

Cuanto más de cerca observa Richard las vidas de sus nuevos compañeros, más distanciado se siente de sus compatriotas, así como de su absoluta indiferencia y falta de compromiso ante un asunto que no les debería de resultar tan ajeno. Con una solidez argumentativa simplemente demoledora, Jenny Erpenbeck hace un magnífico y mordaz balance entre la situación actual de los refugiados y la de decenas de berlineses que se dejaron la vida intentando franquear el muro que dividía en dos la ciudad. Erpenbeck realiza además un concienzudo repaso de los distintos movimientos de población que ha habido a lo largo de la historia, analiza de manera implacable el papel que juega el Estado en la dificultosa regularización de los inmigrantes y cuestiona la validez de los principios que se esconden tras el concepto actual de ciudadanía. En una época en la que los nacionalismos parecen estrangular cualquier atisbo de razón y de empatía, la relevancia y la inmediatez de historias como la que narra Jenny Erpenbeck, a pesar de su carácter moralista, hacen que Yo voy, tú vas, él va se postule como una lectura absolutamente necesaria.


«¿Y cuál ha sido el mérito de su generación? ¿Cuál es la razón de que ahora las cosas les vayan mucho mejor que, por ejemplo, a esos tres africanos sobre los que acaba de hablar Richard? Ellos, los que están ahí sentados en el sofá, también son niños de la posguerra, así que saben perfectamente que la sucesión entre el antes y el después a menudo sigue leyes muy distintas a las de la recompensa o el castigo. Los efectos no son directos, sino indirectos, piensa Richard, como ya ha pensado a menudo en los últimos años. Los americanos tuvieron sus planes para una mitad de Alemania, y los rusos para la otra mitad. Y ni el bienestar material de una parte ni la economía planificada de la otra puede explicarse por ningún rasgo particular del carácter de los ciudadanos alemanes, que se limitaron a proporcionar el material humano para el experimento político. Así pues, ¿de qué debían sentirse orgullosos?». 


PUNTUACIÓN: ★★★☆

 
Generación Reader © 2012