A estas alturas de la vida ya se me acaban las palabras para elogiar la estupenda labor editorial que está llevando a cabo el sello Literatura Fantástica de RBA en favor de unos géneros literarios que están ganando cada vez más adeptos. Y es que no solo de novelas recién salidas del horno debería vivir ningún aficionado a la ciencia ficción, la fantasía ni la literatura en general.
Hay que apostar por los clásicos, la reliquias, las antigüedades, los libros que estaban de moda cuando aún existían los casetes o las chaquetas con hombreras, y en vista del exquisito catálogo del que dispone esta colección (con títulos de H.G. Wells, Úrsula K Le Guin, Robert Sheckley o el siempre enigmático J.G. Ballard), esa es una lección que parecen tener muy bien aprendida en los cuarteles de RBA, desde donde, para deleite de los lectores más jóvenes e inexpertos, no han dudado en recuperar esta fantástica obra del británico Christopher Priest llamada
La máquina espacial. Autor de novelas como
El prestigio (adaptada al cine en 2006 por otro Christopher de apellido Nolan) o un referente indiscutible dentro del género como lo es
El mundo invertido, Priest realiza en esta novela una especie de refrito con cierto sabor steampunk entre
La máquina del tiempo y
La guerra de los mundos,
una magistral combinación de historias tan conocidas como elogiadas que, lejos de convertirse en el pretencioso desastre que cabría esperar, consigue explotar lo mejor de ambos relatos sin perder ni un ápice de su manifiesta originalidad.
-Sí, sí, Turnbull, pero yo soy científico. Los vehículos de motor no son más que una de las mil facetas de un enorme y nuevo campo de investigación. Estamos a punto de entrar en el siglo XX, ¡que va a ser el siglo de la ciencia! ¡La ciencia no tiene límites!
La historia de
La máquina espacial es la de un joven representante de comercio llamado Edward Turnbull que se desplaza de ciudad en ciudad por toda Inglaterra intentando vender artilugios de lo más estrafalarios. En uno de sus muchos viajes laborales oye hablar de una tal Amelia Fitzgibbon, la bella e inteligente ayudante de William Reynolds, un reputado científico que raras veces hace acto de presencia en público. Cuando Edward conoce a Amelia por casualidad, nuestro protagonista quedará perdidamente prendado de sus encantos femeninos y de
su personalidad atrevida, firme e inconformista, aunque después sus exagerados modales británicos le impidan exteriorizar sus sentimientos por ella de una forma clara. Con la excusa de mostrar sus revolucionarios cachivaches, Edward le propone a Amelia concertar un encuentro con su eminente profesor, pero lo que finalmente encuentran en el laboratorio de Reynolds escapa a toda lógica conocida: una máquina que gracias a una extraña sustancia es capaz de moverse en cualquiera de las cuatro dimensiones espacio-temporales. El caso es que, embelesados completamente por las explicaciones de sir William y deseosos de comprobar si la máquina funciona de verdad, Edward y Amelia emprenden un pequeño viaje a bordo del aparato.
Y claro, como todo lo que puede salir mal, acaba saliendo peor, ambos jóvenes
terminarán aterrizando en la superficie de Marte tras una aparatoso accidente, arrojados a un ambiente hostil, deprimente y que se está preparando para un inminente ataque a la Tierra. Con esta información, cualquiera que haya leído anteriormente las obras de Wells podría pensar que
La máquina espacial no tiene nada nuevo que ofrecer, pero lo cierto es que Priest hace mucho más que una simple revisión de estos dos grandes clásicos en los que se basa su novela: con una admirable capacidad para absorber la atención del lector,
una prosa impecable, adictiva, hermosa y carente de artificios, así como un trepidante pulso narrativo que sencillamente no te deja soltar el libro, Priest rellena los huecos argumentales que hay entre
La máquina del tiempo y
La guerra de los mundos de manera poco menos que sorprendente. La descripción que hace el escritor británico de los paisajes marcianos, su en apariencia incomprensible ecosistema y el opresivo sistema sociológico en el que se hallan inmersos sus habitantes envuelven la historia con un halo de terrible fascinación que resulta del todo irresistible.
Me quedé mirando el canal, observando cómo se reflejaba en él el brillante punto de luz en que se había convertido la Tierra... y sentí una desesperación y un miedo terribles al comprender que nos hallábamos en Marte, el planeta de la guerra.
No es esta la única virtud de
La máquina espacial. Además de su delicioso estilo, la increíble cantidad de vueltas que da la trama y la imprevisibilidad de la misma a pesar de que conocemos su desenlace de antemano, la obra de Christopher Priest destaca por la intensidad que se desprende en cada una de sus páginas,
la espectacularidad visual de ciertas escenas bélicas o la increíble caracterización de sus personajes principales. Edward y Amelia protagonizan una sentida y enternecedora historia de amor que se disfruta más por su ritmo pausado aunque constante y por esa situación de perfecto equilibrio que consigue mantener con el resto de arcos narrativos en que se divide la novela. Aunque suene a tópico, realmente no tengo nada que objetar a esta magnífica obra de Priest, que no fue capaz de durar entre mis manos más de un día. Me ha parecido una novela
intachable, sensacional y recomendable en grado extremo, tanto si has tenido la oportunidad de leer los clásicos de H.G. Wells como si aún no lo has hecho.
Quizá no sea esta una propuesta excesivamente compleja ni profunda, tampoco creo que lo pretenda. De hecho, las únicas reflexiones interesantes que he extraído de
La máquina espacial han sido en un par de ocasiones, cuando los personajes discuten sobre la posibilidad de aprovechar la avanzada tecnología alienígena para el progreso de la humanidad hacia un futuro idealizado o cuando los curiosos humanoides que viven esclavizados en Marte deciden liberarse de las cadenas que los mantienen atados a las creaciones de su propia ambición. Sin embargo, a parte de estar muy bien cimentada y no dejar espacio a explicaciones someras sobre los fundamentos científicos sobre los que se sostiene,
La máquina espacial triunfa especialmente en aquello que se propone:
servir como puro y cautivador entretenimiento a los lectores que no se conforman con cualquier cosa. Y en ese aspecto, afortunadamente, no se le puede poner mejor nota.