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Anita Brookner - Un debut en la vida

lunes, 22 de enero de 2018



►Título original: A Start in Life
►Traducción: Catalina Martínez Muñoz
►Año: 1981
►Editorial: Libros del Asteroide
►Páginas: 232


Hoy día, las mesas de novedades parecen estar plagadas de «jóvenes promesas» que inician su carrera literaria a edades bien tempranas. Sin embargo, por muy notoria que sea su originalidad o frescura, la precocidad pocas veces puede competir contra la voz de la experiencia. El caso de Anita Brookner, prestigiosa escritora británica que en 1984 ganó el Man Booker Prize por su obra Hotel du Lac, demuestra que un debut tardío no es sinónimo de una trayectoria efímera. Al contrario, con más de una veintena de libros a sus espaldas, Anita disfrutó de un prolongado período creativo a pesar de que su primera novela, la que hoy nos ocupa, viera la luz cuando la autora tenía 53 años.

Teniendo en cuenta la enorme calidad de su obra, sorprende cuando menos el poco mimo que esta ha recibido en nuestro país. No obstante, como bien sabe la heroína de Brookner, hay cosas que solo se entienden con el paso del tiempo. «A sus cuarenta años, la doctora Weiss comprendió que la literatura le había destrozado la vida», es la rotunda y contundente afirmación con la que Anita Brookner nos presenta la historia de Ruth Weiss, una solitaria e introvertida profesora que se halla inmersa en la redacción de su tesis sobre las mujeres en la obra de Balzac. Para saber cómo puede alguien llegar a esa conclusión tan chocante habrá que esperar hasta el final de la novela, pues Brookner, tras una breve introducción, nos retrotrae hasta la infancia de Ruth en el barrio londinense de Oakwood Court.

Hija de un librero con no demasiado olfato para los negocios y de una histérica actriz cuya carrera languidece entre papeles de cada vez menor importancia, Ruth crece al amparo de los libros, educándose en los profundos dilemas morales que plantean las obras de autores como Tolstói, Dickens o Flaubert. Tras la muerte de su autoritaria abuela, Ruth es testigo de cómo el matrimonio de sus padres se desmorona, recayendo sobre ella la responsabilidad de mantener la familia unida cuando la convivencia se inclina hacia un inevitable colapso. Maggie Cutler, una incorregible e irónica viuda que los padres de Ruth contratan para que se ocupe de las tareas domésticas, y Anthea, una alocada amiga que hace las veces de consejera sentimental, se convierten en los pilares sobre los que se apoya Ruth en ausencia de otros referentes más sólidos. El egoísta infantilismo de sus padres, George y Helen, así como la negativa a resolver sus propios problemas, contrastan de forma cómica con la seriedad de Ruth, cuyo rito de paso a la madurez consiste en descubrir la abismal diferencia entre lo que ha aprendido de sus lecturas y lo que el mundo real tiene reservado para ella.

El desengaño, tanto vital como amoroso, es uno de los grandes temas que aborda Anita Brookner en esta obra, de ritmo pausado pero exquisita complejidad. Un debut en la vida es una fascinante novela de personajes que atraviesan el ojo clínico de la autora británica para revelarnos la devastadora fragilidad del romanticismo literario. Víctima de su abnegación, de su compromiso con las cargas familiares, las virtudes de Ruth terminan propiciando su declive personal, echando por tierra prometedores noviazgos y proyectos laborales de categoría. Sentirse identificado con su tragedia es casi un imperativo, una obligación inconsciente que nos hace admirar la capacidad de Brookner para intercalar el pesimismo que sobrevuela la historia con la luminosidad de su prosa. Caracterizada por su espíritu analítico, Un debut en la vida es una lectura sorprendente, enriquecedora y extrañamente divertida, como contar un chiste en un funeral. Por supuesto, no todo el mundo apreciará la retorcida satisfacción que se obtiene de soltar una carcajada en presencia de un cadáver. Para el resto, esta magnífica novela de Anita Brookner puede suponer un auténtico oasis de felicidad, un inesperado hallazgo que, lejos de destrozarte la vida, conseguirá hacerla más llevadera.


«En silencio, algunas tardes, con la cabeza apoyada en la mano, dejaba que el atardecer invadiera poco a poco su salita de estar y pensaba una vez más en la obra en la que se la había confiado un papel tan exigente».

PUNTUACIÓN: ★★★★½ 

Elena Ferrante - La niña perdida

jueves, 11 de enero de 2018



►Título original: Storia della bambina perduta
►Traducción: Celia Filipetto
►Año: 2014
►Editorial: Lumen
►Páginas: 544


La niña perdida es un magnífico punto y final a la historia de Lenù y Lila, las dos protagonistas de la saga que ha situado a Elena Ferrante como una de las voces literarias más apreciadas de la actualidad. La de estas mujeres es una amistad volátil, esquinada, plagada de enfrentamientos y desaires que, no obstante, esconden una mutua admiración, un deseo airado de sacar a relucir lo mejor de cada una por medio de la otra. Esta ambigüedad, este deambular continuamente entre el amor y el odio, es una de las características más llamativas de la escritura de Ferrante, el vehículo a través del cual la autora italiana nos muestra su fascinante y descarnada verdad.

Encuentro su tendencia a la exaltación, a la hipérbole, particularmente entrañable en el caso de La niña perdida. Los personajes de Elena Ferrante, aventados por pasiones y furores incontrolables, parecen estar siempre descolgándose sobre el abismo o sufriendo raptos de locura transitoria. El amor se empaña rápidamente por una cortina de celos, inseguridad y malos humores que ni siquiera Lenù, a pesar de sus aspiraciones artísticas y su elevada formación académica, es capaz de evitar. Es precisamente su condición de persona cultivada y su creciente reputación como escritora de renombre lo que coloca a Lenù en el disparadero cuando su relación adúltera con Nino Sarratore se acaba materializando después de años y años forjándose en segundo plano. 

Las violentas idas y venidas alrededor de Nino constituyen el principal foco de tensión narrativa durante los primeros compases de la novela, mostrándonos a una Lenù más vulnerable y desestabilizada que nunca en su infatigable persistencia por aferrarse a un romance que naufraga desde sus inicios. Así, a pesar de sus esfuerzos por distanciarse de Lila, de sus errores, de su carácter agrio y su conexión con esa Nápoles decrépita que las vio crecer, Lenù acaba pareciéndose cada vez más a la enemiga íntima de la que reniega con tanto ahínco y se sumerge en una espiral de decadencia capaz de destruir todo vínculo afectivo.

Por suerte, en las novelas de Ferrante los personajes estrechan y destruyen lazos con la velocidad de las reacciones químicas, lo que permite a Lenù encontrar consuelo en tiempos de necesidad con sorprendente rapidez. Hay un ímpetu en su escritura que parece tener miedo de la quietud, y por eso sus libros dan la sensación de estar en constante movimiento, en un estado de agitación urgente. La niña perdida no es una excepción. No es este un libro donde encontrar solaz, sino tragedias sucediéndose una tras otra como fichas de dominó. Sin embargo, lejos de recrearse en el dolor o en la pérdida, Elena Ferrante pasa de puntillas por las causas del conflicto para detenerse minuciosamente en las consecuencias, recreándose, no en la fractura, sino en la recomposición. Es por eso que la convulsa relación entre Lenù y Lila sobrevive al tiempo y a las adversidades y es por eso que encuentro tan deslumbrante la magistral exploración psicológica que hace Ferrante de sus dos protagonistas.

A lo largo de esta monumental saga de cuatro novelas, Elena Ferrante trata de capturar la vida de dos mujeres en todo su esplendor y complejidad, desde la infancia hasta la vejez, y creo que lo consigue con apabullante éxito. Es más, su retrato de la Nápoles sucia, brutal y devastada por las revueltas políticas, la precariedad económica, los tejemanejes locales encabezados siempre por los Solara y, especialmente en La niña perdida, el consumo de drogas, trasciende la esfera doméstica para ofrecernos una crónica imperecedera de los acontecimientos más decisivos que ha vivido Italia durante la segunda mitad del siglo XX. Su intensidad, arrojo y honestidad visceral hacen de esta serie una experiencia conmovedora e inolvidable, un proyecto de dimensión astronómica que no falla en su ambición ni flaquea cuando reduce la escala. 

La niña perdida es la lucha de Lenù por desprenderse de su identidad, de su dialecto, de sus orígenes humildes. Es la voluntad inquebrantable de una madre que se desgasta por impedir que sus hijas tropiecen con las mismas piedras. Es una maravillosa reflexión sobre los entresijos de la creación literaria, concebida aquí como un recipiente donde hallar respuestas y dar forma a nuestras certezas más inconfesables. Y es, por encima de todo, un hermoso y necesario acto de rebeldía contra una mujer que pretende borrarse a sí misma cuando lo que todo el mundo debería hacer es, precisamente, recordarla.


"A diferencia de lo que narran los cuentos, la vida real, cuando ha pasado, no se asoma a la claridad sino a la oscuridad. Pensé: ahora que Lila se ha dejado ver así de clara, debo resignarme a no verla nunca más". 

PUNTUACIÓN: ★★★★★

Ann Patchett - Comunidad

miércoles, 11 de octubre de 2017



►Título original: Commonwealth
►Traducción: Carmen Francí Ventosa
►Año: 2016
►Editorial: Alianza de Novelas
►Páginas: 352
►Valoración: ★★★★½


Una de las cualidades más apasionantes de la literatura es su infinita plasticidad. Sí, su inagotable arsenal de recursos. Dame treinta segundos y te nombraré cien novelas que abordan la complejidad de las relaciones familiares desde perspectivas disjuntas. Sin embargo, lejos de extinguirse, la cantidad de posibles representaciones que se pueden hacer del ecosistema doméstico no hace sino multiplicarse con el tiempo. Ann Patchett, escritora norteamericana de libros como Bel Canto o El corazón de la jungla, entiende los lazos familiares como una forma de organización territorial. Una alianza casual de individuos con circunstancias comunes. Haciendo uso de una irresistible y vibrante inteligencia narrativa, Patchett transforma eso que mucha gente percibe como una unión perfecta e inseparable en algo que se puede volatilizar con un simple beso. Una traición imperdonable de los convenios y tratados previamente acordados por sus integrantes. 

La historia de Comunidad se abre con la controvertida disolución de dos matrimonios. De manera espontánea, Bert Cousins seduce a Beverly Keating en la fiesta del bautizo de su hija Franny. A partir de ese momento, los destinos de ambas familias quedarán entrelazados y los seis hijos (Franny y Caroline Keating, así como Cal, Holly, Jeanette y Albie Cousins) establecerán un inesperado vínculo de amistad, tan extraño como auténtico, que perdurará durante las cinco décadas posteriores. Patchett describe de manera demoledora sobre la desilusión intrínseca que sobreviene tras el divorcio y cómo este suceso tan traumático afecta de manera diferente a las vidas de cada personaje, trastocando su rutina y su estabilidad, imprimiendo una huella indeleble en sus personalidades, destruyendo por completo su fe en el futuro. No obstante, Ann Patchett traza además un interesante recorrido que trata de desentrañar las raíces mismas del afecto y cómo este puede provenir de las personas que menos nos imaginamos.

Aunque cada capítulo de Comunidad está narrado por diferentes personajes, Franny Cousins va convirtiéndose poco a poco en la piedra angular del relato. Su relación con el famoso escritor Leon Posen desemboca en una novela donde el autor vuelca las confesiones que Franny le hace acerca de sus hermanos, los recuerdos de la infancia y, en especial, un dramático episodio que tuvieron que afrontar de pequeños y cuyos detalles, años después, aún siguen tratando de esclarecer. Patchett reflexiona así sobre la tendencia humana a revisionar y modificar el pasado, no siempre de forma consciente, y el enorme efecto transformador de las historias que nos contamos a nosotros mismos. 

Pero, más allá de un argumento potente que la autora desarrolla de forma magnífica, lo que más sobresale de Comunidad es sin duda la arrebatadora viveza de sus personajes y la excepcional naturalidad de su prosa. Patchett narra con una gracilidad y un dominio de la escena sencillamente asombrosos. Salpica las páginas con detalles propios de una observadora sagaz, extendiendo sin prisas pero de manera firme las nudosas ramas de ese árbol genealógico que va uniendo y separando a los protagonistas. Comunidad es de esos libros en los que sumergirse en la psicología de los personajes produce, no solo un inmenso placer, sino una cálida y reconfortante sensación de familiaridad, de conexión, de empatía. Me ha parecido que la autora construye un soberbio edificio narrativo con admirable economía de medios, sin perder por el camino ni un ápice de fuerza ni sensibilidad. Un libro absolutamente recomendable que se encuentra, como habréis podido adivinar, entre los mejores que he leído este año.

Verna B. Carleton - Regreso a Berlín

miércoles, 6 de septiembre de 2017



►Título original: Back to Berlin
►Traducción: Laura Salas Rodríguez
►Año: 1959
►Editorial: Periférica & Errata Naturae
►Páginas: 408
►Valoración: ★★★★


La colaboración entre Periférica y Errata Naturae es uno de los mayores ejemplos de sinergia editorial que se pueden encontrar actualmente en el mercado. Si el año pasado nos deleitaron con la asombrosa y emocionante Tú no eres como otras madres, este año repiten alianza para recuperar una joya que corría el riesgo de quedar injustamente relegada al olvido. Y es que Regreso a Berlín es una fascinante exploración de la identidad y la memoria que no merece pasar desapercibida. Ya desde la primera página, Verna B. Carleton nos inunda con una prosa tremendamente vibrante y diáfana para describir el viaje que la protagonista —una periodista estadounidense que permanece en todo momento como narradora imparcial— emprende con destino a Europa a bordo del Caribe, un buque cargado de exóticos y extravagantes pasajeros de diversas nacionalidades que conforman una peculiar masa multicultural.

Durante el trayecto, nuestra narradora conoce a un nutrido grupo de supervivientes de la Segunda Guerra Mundial y en poco tiempo logra entablar una entrañable amistad con Nora y Eric Devon, un matrimonio inglés que se muestra horrorizado cuando la periodista les revela su intención de visitar Berlín para mofarse de Hitler ante las ruinas del búnker donde se quitó la vida. Aunque ha pasado más de una década desde el final de la guerra, la simple mención de lo ocurrido en la Alemania nazi despierta en Eric una inmensa turbación que se traduce en temblores incontrolables y horribles pesadillas, síntomas inequívocos de un pasado turbulento que lucha por abrirse camino entre una marea de recuerdos enterrados.

A partir de ese momento crucial en el que los Devon, no sin reservas, deciden acompañar a la protagonista en su particular regreso a Berlín, la autora nos deleita con una sobrecogedora historia de autoreconciliación que guarda no pocas sorpresas para los implicados. Mientras los personajes de la novela (soberbiamente caracterizados sea cual sea su relevancia o peso en la trama) pasean por los enclaves más emblemáticos de una ciudad literalmente dividida en dos por un muro, Verna B. Carleton reflexiona de manera magistral sobre las consecuencias del horror y las diferentes formas que existen de afrontarlo. Algunos optan por la desvinculación absoluta, eliminando de manera fulminante cualquier vestigio de su antigua identidad en un intento de conservar algo parecido al honor. Otros, sin embargo, prefieren correr un tupido velo sobre lo que consideran sencillamente un episodio vergonzoso, sí, pero también aislado.

En cualquier caso, la ceguera voluntaria se presenta como un recurso más que apetecible para recomponerse de los traumas. Carleton, por el contrario, prefiere hurgar sin compasión en la herida. El suyo es un atentado directo contra esos instrumentos inservibles que son el tacto y la diplomacia. No es, como pudiera parecer, un rasgo de crueldad. Más bien, un empuje necesario que los personajes de la novela, en especial Eric Devon, no se atreven a dar por sí mismos. La suya es indudablemente una evolución espectacular, de hombre compungido y taciturno que vive atormentado por el rencor a alguien que logra sobreponerse a sus cicatrices, aceptándolas, dejando que formen parte de él una vez desprovistas de toxicidad. De este modo, Regreso a Berlín aborda cuestiones de profundo calado emocional sin adentrarse en una atmósfera plomiza, sino manteniendo siempre un tono luminoso y ligero, así como un ritmo dinámico, casi folletinesco, que no le resta ni una pizca de seriedad a los temas que Verna B. Carleton trata en el libro. Por eso, si tenéis la oportunidad, no dudéis en probar suerte con esta magnífica novela. Es de esas que se quedan con el lector mucho tiempo después de haber cerrado la última página.
  

Bandi - La acusación

miércoles, 16 de agosto de 2017



►Título original: 고발 [Gobal]
►Traducción: Hye Young Yu y Héctor Bofill
►Año: 2014
►Editorial: Libros del Asteroide
►Páginas: 248
►Valoración: ★★★★


Si de algo puede presumir Corea del Norte es de tener uno de los regímenes más herméticos y restrictivos del planeta. Sin embargo, la mera existencia de este libro supone un infortunio que desestabiliza la imagen ilusoria de absoluto control que el gobierno pretende ejercer sobre los ciudadanos del país. La acusación, pues, surge como un grito desesperado desde las entrañas de la sociedad norcoreana en forma de siete relatos tan lúcidos como desgarradores con los que su autor, Bandi —que en coreano significa luciérnaga—, consigue iluminar los espacios más oscuros de una realidad que guarda espeluznantes semejanzas con cualquier distopía orwelliana.


«Cincuenta años en esta tierra del Norte
viviendo como un autómata
como un humano sometido al yugo
he escrito estas historias
no animado por el talento
sino por la pura indignación
no con tinta y pluma
sino con los huesos calados de sangre y lágrimas».


Los cuentos de Bandi se nutren de la rabia y el desánimo. De la seguridad en que todo intento de resistencia es fútil y solo puede acarrear desastrosas consecuencias. En «Tan cerca, tan lejos», un hombre regresa a casa después de haber sido condenado a rendir servicio en un campo de trabajos forzados mientras viajaba para despedirse de su madre enferma. Al llegar, encuentra encerradas en su jaula a dos alondras que él mismo había liberado con anterioridad. "Pobrecillas, a ellas también las han domado", lamenta con amargura el protagonista de la historia. No obstante, la reclusión voluntaria no es sino uno de los muchos síntomas de una población enferma que constantemente se ve privada de sus derechos y libertades. Los férreos sistemas de control empleados durante los gobiernos de Kim Il-sung y Kim Jong-il, en los que se sitúan cronológicamente estos siete relatos, degeneran multitud de veces en un escenario absurdo y delirante que vapulean el sentido de la lógica. 

A veces, Bandi logra escabullirse del tono sombrío que suele autilizar y salpica sus relatos con radiantes pinceladas de humor. En «La ciudad del fantasma», por ejemplo, un niño llora desconsoladamente tras confundir el retrato de Karl Marx con un demonio mitológico. Los equívocos y malas interpretaciones se suceden una y otra vez en historias como «La seta roja», apelativo con el que se alude a las oficinas del Partido Comunista, o «La capital del infierno», en el que el encuentro fortuito de la protagonista con el Gran Líder se convertirá en fuente de material propagandístico fraudulento. Afortunadamente, los personajes de Bandi encuentran en la narración de historias el consuelo necesario para no sucumbir ante las prohibiciones que marca el sistema. Entendida como terapia y no como huida de la realidad, la ficción representa la única vía de escape para verter los sufrimientos, preocupaciones e inquietudes cotidianas. Los símbolos y artificios oficiales, por el contrario, sirven a las instituciones como instrumentos para perpetrar impunemente el horror y la opresión civil.

De principio a fin, los relatos de La acusación destilan una veracidad descarnada. Hallando un perfecto equilibrio entre creatividad y denuncia, Bandi ha escrito un libro incisivo pero que no renuncia a su papel como producto de entretenimiento. «Mis historias son áridas como un desierto, rudas como una pradera salvaje, dañadas como un inválido, toscas como utillaje de piedra», confiesa Bandi en un poema dedicado al lector. No siempre es fácil afrontar las situaciones que describe entre sus páginas, pero sigue siendo mucho más asequible que vivirlas en primera persona. «Lector, ¡te ruego que leas mis palabras!» constituye la sincera súplica con la que Bandi termina una obra sobresaliente y necesaria que nos ayuda a comprender ciertas realidades, de otro modo, impenetrables.

Louise Erdrich - La Reina de la Remolacha

jueves, 10 de agosto de 2017



►Título original: The Beet Queen
►Traducción: Carlos Peralta
►Año: 1986
►Editorial: Siruela
►Páginas: 340
►Valoración: ★★★☆


Sin duda alguna, La Reina de la Remolacha tiene uno de los arranques más sombríos que recuerdo haber leído en mucho tiempo. En tan solo una decena de páginas, un hombre muere asfixiado como resultado de un accidente laboral, tres hermanos son abandonados por su madre —que se da a la fuga con un acróbata aéreo mientras realiza uno de sus espectáculos itinerantes—, un bebé es robado y un chico de catorce años mantiene relaciones sexuales con un desconocido en un vagón de tren. Nuestros comienzos ciertamente nos moldean como personas. El eco de una infancia atribulada puede reverberar en el transcurso de los años hasta agriar el carácter más de lo soportable. No obstante, si algo nos recuerda la fantástica novela de Louise Erdrich es que cada herida, por muy profunda que sea, encuentra su propia manera de cicatrizar.

Los tres hermanos mencionados al principio toman enseguida caminos divergentes que, sin embargo, no dejan de entrecruzarse durante toda la novela (atrapando a otros muchos personajes entre sus redes). La pequeña Mary Adare, por ejemplo, se hospedará en la carnicería de sus tíos, inmersa en un ambiente de austeridad, compitiendo con su prima Sita por los afectos de quienes les rodean y engendrando así una rivalidad que, lejos de apaciguarse, irá adquiriendo todo tipo de retorcidas manifestaciones. En sueños, Mary rememora una y otra vez la repentina huida de su madre, Adelaide, y fantasea con la idea de asesinarla. Su mezquindad es directamente proporcional al rencor que guarda. No es de extrañar, por tanto, que se acabe comportando de forma huraña y que, al recibir una postal firmada por Adelaide, le conteste en nombre de su tía diciendo que sus tres hijos han muerto de hambre.

La novela de Erdrich está repleta de estos malentendidos, sean o no intencionales. Cartas que se escriben y nunca se envían... cartas que se escriben y nunca se leen... o incluso cadáveres a los que todo el mundo toma por seres conscientes. La falta de comunicación es una constante que traza de manera sorprendente los destinos de quienes viven entre las páginas de La Reina de la Remolacha. Otro rasgo característico, y que es denominador común en todas las obras de Erdrich, es la aparición de fenómenos sobrenaturales y ritos relacionados con la comunidad Chippewa (aunque aquí, al contrario que en Filtro de amor, la mayoría de personajes no sean de origen nativo). Ya sea por medio de visiones, «milagros», sueños de difícil interpretación o el interés casi patológico de Mary por la quiromancia, la esfera religiosa y/o de lo paranormal está presente en el mismo corazón de la novela, aunque no siempre sea evidente.

Lo que sí es evidente es la increíble destreza de Louise Erdrich a la hora de construir personajes y añadirles capas, a pesar de que la propia estructura de la novela, compartimentada en multitud de narradores y saltos temporales, complique la tarea. Este detalle me parece especialmente manifiesto en el personaje de Karl Adare, que tras permanecer en el más absoluto de los anonimatos durante buena parte de la historia, regresa a ella de manera impetuosa para poner la trama patas arriba. Al contrario que su hermana Mary, Karl no solo ha perdonado a su madre, sino que llega a comprender sus motivos. Sin embargo, ser misericordioso no le libra de sufrir una total incapacidad para establecer relaciones afectivas sólidas, incapacidad que radica sin duda en el traumático abandono que sufrió de pequeño. Sus pasiones son violentas, agitadas, impredecibles e incontrolables. Con mujeres o con hombres. De su efímera aventura con Celestine James, mejor amiga de Mary, nacerá una niña llamada Dot (a la que conocimos en Filtro de amor), llegada para inundar con su rebeldía y malos modales un hogar ya de por sí bastante convulso.

A partir de ese momento, Louise Erdrich elabora una fascinante exploración de los lazos familiares que indaga en distintas facetas de la maternidad, la identidad y el amor (en todas sus variantes y peculiares complicaciones), y aborda la posibilidad de que estemos condenados a repetir los errores de nuestros antepasados. Si bien el resto de la novela palidece en comparación con un primer tercio sencillamente memorable, La Reina de la Remolacha me ha parecido en líneas generales una obra muy recomendable, un vertiginoso drama familiar salpicado de lirismo, imágenes hipnóticas y un retorcido sentido del humor que se desarrolla a lo largo de cuatro décadas emocionantes, todo ello con la Gran Depresión y posterior industrialización de áreas rurales como telón de fondo. Un perfecto aperitivo, a fin de cuentas, para adentrarse en la obra de una autora que lleva décadas cautivando a la crítica norteamericana. Ahora entiendo que de forma muy merecida.


Anteriormente en #AdoptaUnaAutora:


-Louise Erdrich, una introducción

-Reseña de Filtro de amor (próx.)









Laurie Colwin - Felicidad familiar

viernes, 27 de enero de 2017



►Título original: Family Happiness
►Traducción: Antonio-Prometeo Moya
►Año: 1982
►Editorial: Libros del Asteroide
►Páginas: 336
►Valoración: ★★★★


La felicidad es una meta escurridiza. Un bien deseable y escaso que todo el mundo pretende conseguir. Sin embargo, hay personas que no parecen predispuestas a encontrarla. Personas que, a pesar de las circunstancias favorables, terminan saboteando sus propios intentos de alcanzar el tan ansiado estado de bienestar. En su última novela traducida al castellano, Laurie Colwin (Nueva York, 1944) reflexiona sobre esta particularidad en un mundo donde los lazos familiares constituyen la base sobre la que cimentar una existencia feliz. La protagonista de este relato es Polly Solo-Miller Demarest, miembro de un reputado clan de juristas estadounidenses que disfrutan de seguridad económica, prominencia social, realización personal y, en general, todas las comodidades que a uno se le puedan venir a la cabeza. Unidos por un fuerte apego a los valores tradicionales y a la excelencia tanto en el ámbito laboral como el individual, los Solo-Miller son una familia que no concibe la infelicidad, una tribu donde cada miembro conoce bien las expectativas que hay puestas sobre él y se esfuerza incansablemente por satisfacerlas.


«Puede que la verdad sea que soy tan caprichosa, tan engreída y tan afortunada que nunca he tenido que pelear para tener lo que quiero. Puede que nunca haya querido nada de esto. Puede que solo sea capaz de pensar lo que me han inculcado».


En el caso de Polly, su papel consiste en ser una hija, hermana, madre y esposa intachable, brillante en su trabajo, excelente cocinera, cuidadora incansable y mediadora en los escasos e inofensivos conflictos familiares que se plantean. Una mujer educada para «prestar atención, no ser el centro de la misma». Lejos de hundirse bajo semejante carga, Polly cumple sus funciones razonablemente bien. Soporta con estoicidad la indiferencia de su padre, Henry, y los severos juicios de su madre, Wendy, que la compara constantemente con sus dos hermanos varones: Paul, un hombre exquisito, ausente e irascible que no parece muy interesado en los asuntos terrenales («Se decía que era brillante, pero era tan callado que nadie le había oído decir nunca nada brillante»), y Henry el Joven, considerado un poco la oveja negra de la familia tras renunciar a una carrera en el mundo de la abogacía, casarse con una checoslovaca y tener perro en lugar de un hijo que añadir a la estirpe de los Solo-Miller. Sin embargo, la vida de Polly da un inesperado vuelco cuando conoce a Lincoln, un pintor solitario y algo bohemio del que se enamora sin remedio tras asistir a una de sus exposiciones. La velocidad y desesperación con que Polly se lanza a los brazos de Lincoln no es sino un síntoma de su insatisfacción latente, una grieta prácticamente inapreciable por la que este personaje se cuela para calmar una sed que Polly no era consciente de tener.

De repente, Polly se ve sacudida por una desbordante sensación de humillación y culpabilidad, consciente de lo que pensaría su entorno si se hiciera pública su aventura amorosa. El adulterio es una mancha en su expediente que sencillamente no puede permitirse. Incapaz de decidirse entre un amante con el que la vida en pareja no funcionaría y un marido al que ama, pero con el que se siente desplazada por culpa de su trabajo, Polly se encamina hacia la autodestrucción total, hacia una encrucijada emocional donde ninguna de las alternativas supone un verdadero alivio. Este dilema que va consumiendo poco a poco a Polly se convierte en el terreno donde Laurie Colwin, en un tono compungido y repleto de desasosiego, cultiva una fascinante observación de la felicidad como cuchillo de doble filo. Por un lado, expone los sacrificios a los que hacemos frente en nombre del amor, de la prosperidad sentimental, de la solución que complace al mayor número de individuos. Por el otro, Colwin deja entrever que dichas medidas, adoptadas para corresponder al ideal de felicidad que nos han inculcado desde pequeños, a veces acarrean justo lo contrario.


«Su problema no era haberse enamorado de Lincoln, ni siquiera lo que había posibilitado el haberse enamorado: su problema era ella misma. Era el yugo que se había puesto sobre la cerviz, las normas a las que se había sometido voluntariamente y el hecho de que por debajo de todo el servicio, cariño, cuidado y educación había otra Polly que no había afrontado totalmente».


Hablando de amor, ¿puede uno enamorarse de un libro? Si es así, no hay duda de que yo me he enamorado de Felicidad familiar. Se llame como se llame, el sentimiento que me despiertan los libros de Laurie Colwin son producto de algo más que una simple meritocracia. Seguramente habrá por ahí montones de obras que sobrepasen las cualidades literarias de este. Sin embargo, pocos alcanzan a trasmitir la misma autenticidad, la naturalidad y el profundo entendimiento de los lazos familiares que la autora demuestra poseer aquí. La novela de Colwin se lee como una descarnada y emotiva confesión, aderezada con finísimos toques de humor, de alguien que se abre en canal ante el lector para exponerle sus dudas, inseguridades y temores más arraigados. Colwin hace de la sencillez su estandarte y de la honestidad todo un arte. Consigue que te involucres con unos personajes que, a pesar de tener todo lo que uno pudiera desear, no son inmunes a los desacarreos e inconvenientes de la vida. Polly no sale indemne de su romance ilícito, pero nosotros tampoco. Y es precisamente ese nivel de conexión que la autora consigue establecer entre realidad y ficción lo que convierte a Felicidad familiar en una lectura tan necesaria. Maravillosa Colwin, y maravillosa la decisión tomada por Libros del Asteroide de seguir apostando por ella.

Richard Flanagan - El camino estrecho al norte profundo

martes, 15 de noviembre de 2016


«Y sobre esa colosal ruina, infinita y soterrada, se extendió la solitaria jungla, allanándolo todo a su paso. De sueños imperiales y hombres muertos, solo la alta hierba quedó.»

El camino estrecho al norte profundo es el perfecto ejemplo de novela que, casi con toda seguridad, nunca caería en mis manos si no llevara un premio bajo el brazo. Cada vez me siento menos atraído por los bestsellers de temática bélica, que ya sabemos en torno a lo que suelen girar: lugares comunes sobre el caos, la devastación, lo inhumano de la guerra. Y si le añadimos una buena dosis de drama romántico bien trágico y edulcorado, mejor que mejor. Por sorprendente que pueda parecer, la obra de Richard Flanagan no se aleja demasiado de los contornos que acabo de definir. Sin embargo, Flanagan ajusta con precisión milimétrica las cantidades de estos elementos tan eficaces como peligrosos, obteniendo como resultado una obra absolutamente emocionante y épica que, al menos en mi caso, ha dinamitado prejuicios largo tiempo atrincherados.

La acción principal transcurre en un campamento de prisioneros japonés, donde miles de soldados australianos trabajan sin descanso y en condiciones infernales en la construcción del denominado «Ferrocarril de la muerte». Dorrigo Evans, el protagonista y principal narrador de la novela, es un joven cirujano que lucha desesperadamente por mantener a sus compañeros con vida a pesar de que cohabitan en un ambiente plagado de enfermedades, hambre, inmundicia y palizas. Sirviéndose de las propias experiencias relatadas por su padre, Richard Flanagan ha recreado de manera excepcional la atmósfera decadente que se respiraba en estos emplazamientos, describiendo sin ninguna clase de tapujos las humillaciones tanto físicas como psicológicas a que eran sometidos los reos, la crueldad, desesperanza y brutalidad extrema que gobernaba sus días. Cárceles donde el tiempo no transcurría, sino que se paralizaba. 

No obstante, toda esta carnaza narrativa, explícita e insensible por sí sola, adquiere una relevancia especial por lo que Flanagan es capaz de hacer con ella. Tomando como materia prima una prosa grácil y melódica, el escritor australiano transforma el horror sin sentido en la más pura y sobrecogedora belleza. Donde algunos solo ven muerte y violencia, Richard Flanagan ve amor, bondad y confraternidad que se entrelazan para crear una historia donde el ser humano destaca por su capacidad de renovación a pesar de la gravedad de las heridas infligidas. El camino estrecho al norte profundo es un relato vibrante y estremecedor sobre las secuelas de la guerra, pero también una hermosa reflexión sobre el olvido y la memoria, y de cómo ambos, paradójicamente, nos ayudan a sobreponernos al dolor. 

Otro de los pilares sobre los que se sostiene la novela de Richard Flanagan es la relación de Dorrigo Evans con Amy, la esposa de su tío, un apasionado romance cargado de fatalidad y erotismo, potenciados quizá por el trasfondo bélico del mismo. La abrupta interrupción de este amor tan intenso como prohibido deja en Dorrigo una huella que el tiempo nunca llega a borrar. Ya en su vejez, cansado de méritos, condecoraciones y reconocimientos que no le van a devolver ni una centésima parte de lo que perdió como prisionero, Dorrigo continúa percibiendo las resonancias de esta relación infructuosa y persigue su eco por las camas de cientos de mujeres ajenas a sus tribulaciones. Ahora bien, ¿existió de verdad aquel amor de juventud? ¿Va Dorrigo Evans detrás de un recuerdo o de un ideal? ¿Qué queda de nosotros tras una experiencia tan traumática sino una simple carcasa, un fósil tallado para siempre en la misma y terrorífica época?

Una de las pocas pegas que se le pueden achacar a una obra, por lo demás intachable, es que da la sensación de que el autor ha querido redondear demasiado su final estirándolo innecesariamente y provocando que el último trecho no deslumbre tanto como el resto de la novela. Aún así, El camino estrecho al norte profundo me ha parecido una lectura sobresaliente, un libro muy recomendable que destaca sobre todo por su elevada carga emocional, la crudeza de sus descripciones y su profunda inspiración en la literatura japonesa, presente incluso en el propio título. No lo dejéis escapar.         



Título original: The Narrow Road to the Deep North
Traducción: Rita da Costa
Año: 2013
Editorial: Literatura Random House
Páginas: 448
Valoración: ★★★★





Emma Cline - Las chicas

jueves, 22 de septiembre de 2016


"Volví la mirada por las risas, y seguí mirando por las chicas". La frase que abre el rompedor debut de Emma Cline sirve también para explicar cómo funciona ese hechizo al que nos somete la autora norteamericana más comentada del momento. Lo primero que llama la atención de Las chicas es ese estruendo mediático del que viene acompañada, la ristra de voces respetables dentro del panorama literario que la alaban como una de las primeras novelas más cautivadoras que se han publicado en los últimos años. Demasiado ruido como para ignorarlo. Así que uno se deja arrastrar por el seductor canto de sirena que entonan las chicas de Emma Cline y sigue mirando embelesado cómo se desenvuelve esta historia de perfumes dulzones y melenas ondeando al viento.

Emma Cline nos pone a través de Las chicas en la piel de Evie Boyd, una niña de 14 años aparentemente inocente e insegura que, de manera fortuita, entra en contacto con un grupo de jóvenes tan fascinantes como peligrosas. Empujada por una desesperada necesidad de traspasar la barrera que da acceso al mundo de los adultos, Evie se desembaraza sin demasiados inconvenientes de sus lazos afectivos más cercanos, huye de un hogar que detesta y, siguiendo la estela de lo que a simple vista parecen espíritus libres, se introduce en una comuna liderada por un músico con elevadas aspiraciones profesionales. 

Sin embargo, esta figura de místico, manipulador nato y dueño del rancho en el que sus seguidores se hacinan como animales, permanece casi siempre en un segundo plano que puede inducir a confusión sobre el verdadero propósito de la novela. Inspirada, que no basada, en los asesinatos cometidos por la mítica secta de Charles Manson a finales de los 60, Las chicas se acerca más a una novela de iniciación y despertar sexual que a una reconstrucción histórica propiamente dicha. Cline aprovecha la peculiar condición de Evie, ese estar involucrada aun sin participar directamente en los hechos, para reflexionar de manera descarnada y brutal acerca de los mecanismos que rigen la voluntad y el deseo, sobre los efectos que produce en el desarrollo de la personalidad crecer rodeado por una ambiente enfermizo y decadente en extremo. 

Pobre Sasha. Pobres chicas. El mundo las engorda con la promesa de amor. Cuánto lo necesitan, y qué poco recibirán la mayoría de ellas. Las canciones pop empalagosas, los vestidos descritos en los catálogos con palabras como «atardecer» y «París». Y luego les arrebatan sus sueños con una fuerza violentísima; la mano tirando de los botones de los vaqueros, nadie mirando al hombre que le grita a su novia en el autobús. La lástima por Sasha me bloqueó la garganta.

Intercalados con la narración de este episodio que marcó para siempre la vida de Evie, encontramos capítulos situados en el presente donde nuestra protagonista conoce a una pareja de adolescentes que la harán revivir ciertos aspectos de su traumática experiencia. Pero sin duda, me parece que el principal aliciente para leer esta novela se esconde en la juventud de Evie y el tono falsamente cándido que emplea. Existe una cualidad mística, casi mitológica, alrededor de los recuerdos de Evie que convierten la lectura de Las chicas en una suerte de reminiscencia borrosa donde coexisten la ingenuidad y el morbo, donde la pureza aprovecha la menor oportunidad para mostrar su lado más macabro y las sonrisas, frágiles, preceden a un violento crujir de cuello. 

El estilo de Emma Cline, oscuro y muy personal, se presta de manera perfecta a crear esta atmósfera envolvente, casi asfixiante, que, lejos de mostrar, prefiere sugerir. Cline hace alarde de una facilidad asombrosa para describir ambientes y personajes (aunque luego no profundice demasiado en ellos), utiliza figuras y símiles inusuales pero efectivos y, en general, posee una voz arrolladora que no corresponde de ningún modo a su inexperiencia. Además, sus observaciones están impregnadas de una amplia gama de olores, sabores y texturas que estimulan constantemente los sentidos y refuerzan la fijación que siente Evie por las chicas de la novela. 

Emma Cline logra cimentar una visión del mundo completamente obsesiva y dependiente sin apenas despeinarse, poniendo al descubierto ciertas verdades sonrojantes acerca de los estigmas a los que debe hacer frente el sexo femenino en los papeles que la sociedad marca para ellas. Por otra parte, como es lógico, se perciben en la obra ciertos aspectos a mejorar; una definición más precisa de algunos personajes, una trama más cañera que aproveche el enorme potencial de su ambientación y un mayor equilibrio entre las dos líneas temporales que dividen la narración. No obstante, son tantos los aciertos de Las chicas y tan grande la proyección de Emma Cline que las aristas sin pulir de su primer y fascinante trabajo acaban pasando desapercibidas. Ambiciosa, arriesgada, atípica... pero también repleta de fuerza y garra, Las chicas es, como se viene anunciando, uno de los lanzamientos más interesantes de la nueva temporada.



Título original: The Girls
Traducción: Inga Pellisa
Año: 2016
Editorial: Anagrama
Páginas: 344
Valoración: ★★★½





ManBookering #3: His Bloody Project + Hot Milk

miércoles, 10 de agosto de 2016

Tercera ronda de libros pertenecientes a la longlist de este año del Man Booker Prize (estoy tan on fire que no me lo creo). 





His Bloody Project es una de esas historias que son carne de bestseller (entiéndase en el buen sentido de la palabra): un adictivo thriller ambientado en las highlands escocesas repleto de sorpresas y giros inesperados que, gracias al cielo, por una vez están bien resueltos. Graeme Macrae Burnet reconstruye con gran pericia narrativa un triple homicidio que, según nos cuentan al inicio de la novela, conmocionó a la sociedad inglesa allá por el año 1869, cuando un jovencísimo Roderick Macrae asesinó brutalmente a tres miembros de su pequeña comunidad agrícola y confesó sin ningún tipo de pudor ni remordimiento haber sido el autor de los crímenes.
   No obstante, la parte realmente interesante de la novela es la construcción de los personajes implicados, que se realiza principalmente a través de un manuscrito que escribió el propio Macrae en la cárcel mientras esperaba el inicio de su poco halagüeño proceso judicial y que narra la desdichada infancia y posterior adolescencia de este joven escocés, marcado por una serie de tragedias familiares, el carácter violento y apesadumbrado de su padre, la presencia de algún que otro augurio sobrenatural y una enconada enemistad con un vecino que trataba de hacerles la vida imposible hasta extremos desesperantes. No obstante, ciertas incongruencias y omisiones demasiado oportunas por parte del protagonista hacen que, a pesar de su asombrosa lucidez, la veracidad de los hechos narrados por Macrae se ponga constantemente bajo sospecha.
   Este relato ejerce como núcleo narrativo, pero His Bloody Project se complementa con toda suerte de documentos, artículos, entrevistas, informes policiales y evaluaciones psiquiátricas que van añadiendo nuevas capas a la historia y sugerentes perspectivas desde las cuales analizar el caso. La segunda mitad de la novela es una transcripción del polémico juicio, en el que se cuestiona, no la identidad del asesino, sino sus motivaciones y posibles alteraciones psicológicas, todo ello narrado con una intensidad, intriga y ritmo francamente impresionantes y que se mantienen hasta su convincente conclusión. Además de entretener, His Bloody Project es una novela que te hace reflexionar sobre temas como la cordura, la justicia y la legitimidad a la hora de acabar con la vida de otro ser humano. En definitiva, un lectura muy enriquecedora y más que recomendada.

★★★½





Tenía mis reticencias a la hora de empezar este libro porque ya leí el año pasado otro de la misma autora y me pareció un poco una castaña. No obstante, Hot Milk me ha acabado gustando. Bastante, además. Se trata de un relato mucho más profundo y oscuro de lo que aparenta a simple vista, una sugerente exploración de las relaciones materno-filiales entre personajes llevados al límite de sus circunstancias. En el centro de la novela se sitúa Sofia Papastergiadis, una estudiante de veinticinco años que abandona forzosamente su doctorado para acompañar a su madre a una clínica del levante almeriense, donde buscan un tratamiento para su parálisis hipocondríaca. Abandonada en un paraje que se caracteriza por el clima desértico y la escasa densidad de población, Sofia sufre una especie de crisis existencial que la mantiene a la deriva en busca de un propósito o meta para su insignificante vida.
   Sofia es, sin duda alguna, un personaje curioso. A pesar de su brillantez académica, se trata de una chica sin iniciativa, contradictoria, de actitud pasiva y escasas habilidades sociales que permanece totalmente desconectada de sus raíces griegas y que espera pacientemente a que alguna otra persona tome las riendas de su vida. Mientras tanto, una serie de conversaciones y encuentros con diversos inquilinos de la zona la conducirán por territorios inexplorados de su propia personalidad hasta el punto de trastocar incluso su percepción del mundo.
   La construcción de los personajes siempre parece haber sido el punto fuerte de Deborah Levy, pero su habilidad a la hora de retratar la confusión y la pérdida de identidad ante el derrumbamiento de las expectativas que la reciente crisis económica trajo consigo alcanzan en Hot Milk un nuevo nivel de refinamiento. La progresión de los diferentes conflictos que se plantean en la historia es asombrosa. Además, toda esa tensión psicológica que atenaza a los personajes de la novela alcanza una gloriosa e insuperable culminación al final del libro que te deja con un regusto maravilloso. La prosa de Levy es quizá el factor más problemático de la historia, en el sentido de que habrá una porción bastante alta de lectores que no confraternicen con su carácter extravagante, casi onírico. No obstante, a mí me ha parecido una apuesta sumamente provocativa, arriesgada, absorbente y estimulante. Espero seguir indagando poco a poco en la obra de su autora.

★★★½



Reseñas breves [126-129]

lunes, 4 de abril de 2016


► Título: Departamento de especulaciones
► Serie: -
► Autor: Jenny Offill
► Título original: Dept. Of Speculation
► Traducción: Eduardo Jordá
► Año de publicación: 2014
► Editorial: Libros del Asteroide
► Páginas: 172



En esta crónica de un fracaso anunciado, Jenny Ofill reconstruye la vida de una mujer anónima basándose en experiencias, recuerdos y perlas de sabiduría fragmentadas que brillan con la intensidad de lo efímero. Un puzzle de infinitas piezas que se puede montar a gusto del consumidor y que desprende una apasionante perspicacia, melancolía, resignación, humor e instinto narrativo. He de admitir que no soy muy fan de este tipo de construcciones literarias que solo dejan ver una estructura esquelética, pero lo cierto es que Departamento de especulaciones deja ese poso especial que solo surge de una conexión muy fuerte con una novela. Su carácter original, arriesgado y atípico es apreciable desde la primera toma de contacto. Sin embargo, hacen falta varias jornadas de reflexión para darse cuenta de todo el potencial escondido que posee. Offill transforma algo que podría haberse quedado en un simple ejercicio de aleatoriedad y escasez de ideas en un sorprendente escaparate que muestra lo más representativo de ese individuo del que pretende ser reflejo, pero sin dejarse nada importante en la trastienda. Sin duda, Departamento de especulaciones es una lectura poco convencional para lectores poco convencionales, una novela que te asalta cuando menos te lo esperas, reconfortante, divertida, ácida, a veces triste y amarga, pero siempre necesaria.





► Título: Luna llena y otros cuentos
► Serie: -
► Autor: Yasushi Inoue
► Título original: ある偽作家の生涯
► Traducción: Gustavo Pita Céspedes
► Año de publicación: 1951
► Editorial: Sexto Piso
► Páginas: 144



Luna llena y otros cuentos reúne tres piezas breves del escritor japonés Yasushi Inoue que nos hablan, entre otras cosas, de la autenticidad, el éxito profesional, la fugacidad y belleza presentes en nuestra vida. Tres relatos repletos de imágenes hermosas y evocadoras en los que la naturaleza tiene una presencia predominante y por los que deambulan personajes repletos de extrañeza, así como curiosidad por los misterios y contradicciones del ser humano en sus relaciones con otros individuos. Me ha gustado particularmente el primero, 'Vida de un falsificador', protagonizado por un crítico especializado en arte que ha de reconstruir la biografía de un desaparecido y prestigioso pintor cuyas obras han sido falsificadas y ampliamente distribuidas por un admirador que acaba convirtiéndose en el centro de la narración. Una lectura en líneas generales bastante recomendable, sobre todo para los apasionados del arte y la cultura japoneses.





► Título: Monstruos Rotos
► Serie: -
► Autor: Lauren Beukes
► Título original: Broken Monsters
► Traducción: Rubén Martín Giráldez
► Año de publicación: 2014
► Editorial: Siruela
► Páginas: 440



La última novela de Lauren Beukes hasta la fecha es un tanto decepcionante en el sentido de que pasa de puntillas por todo aquello que esgrime como premisa. Y es que la trama policial del libro, centrada en la resolución de un crimen grotesco y con tintes sobrenaturales, no es sino una más de las numerosas vertientes en las que se divide el libro y que tratan de profundizar —en clave de thriller con toques de fantasía urbana— en el lado más oscuro, retorcido y siniestro del ser humano en una era en la que la tecnología monopoliza nuestra relación con el mundo. Por otro lado, algo en el estilo de Beukes y la caracterización de los personajes me resultaba tremendamente forzado y absurdo durante los primeros capítulos, como si la autora pretendiese sonar guay y super juvenil a toda costa, cuando lo que consigue es el efecto totalmente opuesto. A pesar de las reticencias iniciales, Monstruos rotos es una de esas novelas que acaban creciéndose a medida que avanzan y al final he terminado satisfecho con la lectura, si bien un poco desencantado por el espectacular recuerdo que me dejó Las luminosas, ante la cual esta nueva historia de Beukes palidece en más de un sentido. No obstante, si, al contrario que yo, aún no has leído nada de esta escritora sudafricana, Monstruos rotos puede suponer la puerta de entrada idónea a un sugerente y personal universo literario que aprovecha escenarios cosmopolitas para regodearse en la corrupción y los bajos fondos. 





► Título: Léxico familiar
► Serie: -
► Autor: Natalia Ginzburg
► Título original: Lessico famigliare
► Traducción: Mercedes Corral
► Año de publicación: 1963
► Editorial: Lumen
► Páginas: 272



Para celebrar el centenario de su nacimiento, Lumen está reeditando este año algunas de las obras de Natalia Ginzburg, reconocida escritora y activista italiana de ascendencia judía cuyo testimonio sobre el auge del fascismo en Italia es considerado de gran valor. Sin embargo, Léxico familiar no es un libro que se centre en este tema, si bien es cierto que su presencia es notable y que determina en gran medida las circunstancias de muchas personas aquí retratadas. Partiendo de la base de que Léxico familiar es un libro difícil de definir, mezcla de novela y autobiografía, confieso que la lectura de esta obra me ha producido sensaciones encontradas: por un lado, alabo la sencillez y la claridad casi documental de su prosa, así como el interés de Ginzburg por indagar de manera tan íntima en aspectos banales y cotidianos para mostrar cómo el lenguaje se va adaptando a cada familia para formar sus propias estructuras y significados. No obstante, ni los hechos narrados ni los personajes en los que Ginzburg convierte a los miembros de su familia y amigos cercanos me han resultado mínimamente interesantes. De hecho, Léxico familiar no me ha parecido más que un compendio bastante prescindible de anécdotas y cuitas personales que pierden toda trascendencia cuando se extraen del contexto en que están enmarcadas. Por lo que he podido comprobar, en líneas generales, esta autora cala muy hondo entre quienes la han leído, pero a mí me ha dejado más frío que un témpano. 



Stephen Benatar - La vida soñada de Rachel Waring

viernes, 18 de marzo de 2016


► Título original: Wish Her Safe at Home
► Traducción: Jon Bilbao
► Año de publicación: 1982
► Editorial: Impedimenta
► Páginas: 336



Por muchos planes, metas y proyectos de futuro que uno trace, la vida siempre se abre paso a golpe de sorpresas. Una enfermedad, un accidente repentino, una trágica muerte... En el caso de Rachel Waring, protagonista de esta novela que el año pasado la editorial Impedimenta incorporó a su excelente catálogo, el acontecimiento que marca un punto de inflexión en su apacible (quizá demasiado) forma de vida es ni más ni menos que una herencia inesperada. Un buen día, Rachel se encuentra con la noticia de que una tía lejana le ha dejado en heredad una mansión georgiana en la ciudad de Bristol. Así que, ni corta ni perezosa, decide abandonar su lánguida existencia en la capital, dejando atrás un trabajo insatisfactorio y una compañera de piso que no comparte su entusiasmo por la vida, y se traslada a su nuevo hogar, cargando sus maletas con todo tipo de esperanzas, ambiciones y expectativas de triunfo.

Hasta aquí todo bien. La vida soñada de Rachel Waring parece una de esas típicas novelas británicas plagadas de costumbrismos, personajes entrañablemente excéntricos y mucho té con pastas. Sin embargo, Stephen Benatar es de todo menos tradicional. Su novela, rescatada de entre los muertos por un oportuno crítico estadounidense que la calificó como una de las mejores obras literarias inglesas producidas en la segunda mitad del siglo XX, ahonda de una forma original, atrevida y sobre todo descacharrante en temas como el ingenio, la creatividad y el carácter deformante de los sueños que uno se empeña en alcanzar.

"Todos estos encantos externos —dijo— y un corazón que rebosa poesía, dulzura y deleite." Estaba maravillado por un combinación tan portentosa. "Mi Rachel, mi adorada, mi todo. Llevas flores frescas en el coño." Se inclinó y las regó con sus lágrimas.

Rachel Waring es, sin duda, una de las voces narrativas más disparatadas, chocantes y controvertidas con las que me he topado en mucho tiempo. Encarnando la figura de eterna soltera, cuarentona, desesperada por saborear las mieles del amor a la manera pasional y desenfrenada que está acostumbrada a recrear en su cabeza, Rachel hace todo lo posible por encajar en esa nueva y prometedora coyuntura social que la herencia de su flamante mansión —sumada a una cuantiosa cantidad de libras— le abre ante sí. Toda ella es entusiasmo, vivacidad y optimismo, y así nos lo hace notar en cada momento. Sin embargo, sus planes incluyen aspectos tan poco ortodoxos como seducir al vicario local o embarcarse en un desenfrenado romance con un filántropo que lleva varios siglos muerto. 

Es entonces cuando uno se da cuenta de que la euforia con la que Rachel se entrega a medrar social y profesionalmente posee ciertos rasgos enfermizos. Que los sueños, por desgracia, se han transformado en delirio. Aún así, resulta cuando menos fascinante adentrarse en la mente de la protagonista e intentar discernir qué parte de realidad se esconde tras sus fantasías, mientras al fondo uno percibe el lento pero firme avance de su proceso degenerativo. Las ficciones de Rachel van mucho más allá de sus simples aspiraciones literarias y constituyen un elemento ciertamente perturbador y desasosegante que incrementan su profundidad como personaje. A esto debemos añadir una caracterización sumamente vivaz, alocada y por momentos desbordante, plagada de observaciones tan divertidas como impertinentes, declamaciones continuas, salidas de tono, proposiciones descabelladas e intermitentes desconexiones con la realidad.

En efecto, el mundo interior de Rachel es mucho más exuberante, dinámico y repleto de posibilidades que su homólogo externo. No obstante, eso es algo —y ahí radica principalmente la gracia de la novela— que el lector va descubriendo poco a poco, degustando cada paso del procedimiento. Este ajetreo narrativo por el que nos conduce Stephen Benatar en La vida soñada de Rachel Waring pudiera resultar en determinados casos bastante confuso y frustrante si solo atendemos al verborreico flujo de conciencia de su protagonista. Pero, sabiendo distinguir la paja del grano, podemos encontrarnos ante una lectura muy entretenida y satisfactoria, una obra inusual, arriesgada y sorprendente que, a pesar de su contundente mensaje, nos invita a perseguir nuestros más arraigados anhelos... o dejarnos perseguir por ellos. 



Chimamanda Ngozi Adichie - La flor púrpura

miércoles, 9 de marzo de 2016


► Título original: Purple Hibiscus
► Traducción: Laura Rins Calahorra
► Año de publicación: 2003
► Editorial: Literatura Random House
► Páginas: 304



Chimamanda Ngozi Adichie es, probablemente, la escritora africana más mediática y relevante de la actualidad. Conocida sobre todo por la sobresaliente Americanah o el discurso titulado Todos deberíamos ser feministas que se convirtió en viral, su prometedora carrera literaria está, sin embargo, cimentada sobre una novela mucho más concisa y de humildes pretensiones, un primer peldaño que el paso del tiempo y la excelente factura de obras posteriores quizá hayan podido deslustrar, pero en cuyo interior permanece intacto el espíritu provocador y reivindicativo de su joven autora. 

A lo largo de La flor púrpura, Chimamanda Ngozi Adichie vierte sus preocupaciones e inquietudes sobre su Nigeria natal a través de un relato doméstico ambientado en una época convulsa, turbulenta y de inestabilidad política. No obstante, la familia de Kambili, la protagonista y narradora de la novela, parece vivir ajena a este clima de expectación e incertidumbre que mantiene al país al borde del golpe militar. Hija de un rico empresario local que además colabora en un periódico de carácter sedicioso, Kambili no necesita buscar fuera del hogar motivos para tener miedo. Su propio padre, que ha abrazado los preceptos del catolicismo más intransigente tras renegar por completo de sus raíces, costumbres e incluso de su idioma, se ha convertido en un auténtico subyugador que arremete contra cualquier miembro de la familia indispuesto a acatar sus estrictas normas. 

A pesar de la eventual brutalidad y violencia que dispensa, el padre de Kambili encuentra poca oposición a su comportamiento. La familia, acomodada en todos los sentidos de la palabra y sin duda muy influenciada por el adoctrinamiento religioso, acepta los malos tratos sin apenas sopesar las alternativas. En casa de Kambili, contravenirse al horario impuesto —y detallado al milímetro—, cuestionar el modo en que funciona su mundo o entrar en contacto con las viejas y pecaminosas costumbres igbo está penado con dureza. Ahora bien, cuando Kambili y su hermano Jaja viajan hasta casa de su cariñosa y siempre sonriente tía Ifeoma, ambos descubren un ambiente de tranquilidad, respeto y tolerancia en contacto con la naturaleza que los afectará profundamente.

El desafío de Jaja me parecía ahora igual que el experimento con los hibiscos púrpura de tía Ifeoma: raro, con un trasfondo fragante de libertad, pero de una libertad distinta a la que la multitud había clamado, agitando hojas verdes en Government Square, tras el golpe. Libertad para ser, para hacer.

Sin duda, esta marcada evolución, que acapara gran parte de la novela, es uno de los aspectos más interesantes y mejor llevados de la misma. La dominación, ya sea física, mental o ideológica, es uno de los grandes temas en torno a los que gira La flor púrpura. El otro es el gran conflicto entre modernidad y tradicionalismo en el que se ven atrapados los protagonistas de la novela, controvertido pulso ante el cual cada personaje toma diferentes posiciones, con diferentes consecuencias. En casa de su tía Ifeome, Kambili aprende con la inocencia e ingenuidad que la caracterizan reveladoras lecciones sobre el amor, la amistad y los lazos familiares. Mientras, su hermano Jaja irá cobrando las fuerzas y convicción necesarias para romper de forma definitiva con el opresivo y dictatorial mandato de su padre.

En términos generales, La flor púrpura me ha parecido una buena novela, una historia entre tierna y desoladora, imbuida de cierto dramatismo subterráneo que aflora en los momentos más inesperados, multiplicando su efecto. No tengo pegas ni grandes errores que achacarle, pero lo cierto es que, a la luz de mi experiencia previa con la autora, he echado en falta en La flor púrpura algo más de esa incorrección y rabiosa intensidad que sí tenía Americanah, así como profundidad en algunas cuestiones que explora. La primera novela de Chimamanda Ngozi Adichie está lejos de ser una obra extraordinaria: más bien se percibe en ella el constante esfuerzo de la escritora nigeriana por encontrar una voz propia e inconfundible a través de la cual se pueda dar a conocer la situación de épocas y escenarios que no son tan habituales de ver en la literatura. Teniendo en cuenta que con el paso del tiempo lo ha conseguido de manera rotunda, bien vale la pena echar un vistazo a este interesante debut, tanto si ya has probado otros libros de Chimamanda como si aún no te has decidido por ninguno o ni siquiera la conocías.  



 
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