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Lucía Solla Sobral - Comerás flores

martes, 13 de enero de 2026



► Título original: —
► Traducción: —
► Año: 2025
► Edición:  Libros del Asteroide (2025)
► Páginas: 248


La protagonista de Comerás flores sabe muy bien que a veces las expectativas juegan malas pasadas. El debut narrativo de Lucía Solla Sobral (Marín, 1989), ítem omnipresente en las listas de mejores novelas del año, se ha convertido sin ninguna duda en uno de los títulos más cacareados de 2025. Corría el riesgo, por tanto, de tropezarme con un libro que no supiera mantener el tipo o que cediera ante el peso de los elogios recibidos. Sin embargo, después de haberme zambullido en la propuesta de Solla Sobral, estoy convencido de que Comerás flores es, probablemente, la novedad que mejor ha soportado el no siempre agradecido filtro de la publicidad.

Comerás flores es una obra primeriza, si no excepcional, por lo menos indudablemente solvente. Diría que incluso con atisbos de excelencia. En ella conocemos a Marina, una chica que transita las corrientes del duelo por la muerte de su padre mientras trata, con pie titubeante, de abrirse paso por el complicado mundo de los adultos. Desde su destartalado piso de universitaria, que comparte con su amiga del alma Diana, Marina relata su desazón existencial y sus pequeños tropiezos cotidianos como si preparase el terreno para el embrollo amoroso en el que está a punto de meterse.

Sin apenas esfuerzo, Jaime actuará como el catalizador para el trastorno de Marina. Seducida por el encanto de los hombres que maceran su atractivo en un aura de sofisticación y éxito profesional, Marina experimenta un torrente de lujuria que la arrastra hacia una espiral sin retorno. Pronto, la distancia de veinte años que separa a Marina de su flamante novio eclipsará por completo el furor de haber saboreado las mieles del amor. Y es que, a pesar de su carisma y su irreprochable figura pública, Jaime acaba sometiendo a la protagonista a los desconcertantes vaivenes de una relación dependiente, marcada por los celos tóxicos, la necesidad de control y el estallido de silenciosas violencias que erosionan la convivencia, la autoestima y hasta la propia vida.

En Comerás flores, Lucía Solla Sobral ha perfeccionado una voz tan singular como desgarradora que no hace sino relatar con urgencia y desasosiego la experiencia de haberse perdido a una misma en la vorágine de una pasión desigual. Marina encarna de manera sumamente vívida la figura de alguien que va sacrificando en nombre del amor parcelas cada vez más significativas de su vida hasta acabar con su identidad completamente desahuciada y una lista de pertenencias con tendencia a la baja. En la novela de Solla Sobral, el lenguaje —impulsivo, atropellado, crudo, poético— se adapta con asombrosa gracilidad a la tonalidad emocional de la narradora, sirviendo como vehículo de una atmósfera asfixiante y claustrofóbica donde el terror se confunde con el afecto y el estómago se transforma en un espeluznante cementerio de felicidad aniquilada.

A pesar de su dureza, o quizá precisamente por eso, el magnífico debut de Lucía Solla Sobral me ha encantado de principio a fin. Se lee con compulsividad adolescente, pero goza de una reposada madurez narrativa y una honestidad fiera, rebelde, vulnerable. Comerás flores es un festival de literatura sin paliativos, una exultante celebración de la amistad, el hogar y los vínculos familiares como vértebras sobre las que se estructuran la construcción de nuestro yo más íntimo, asideros a los que aferrarse cuando el mundo viaja a 200 kilómetros por hora y los sentimientos le arrebatan el control a la razón. Puede que la autora no haya inventado la rueda en este libro —¿acaso queda ya algo que inventar?—, pero su visión genuina y la absoluta autenticidad que desprende su prosa hacen de Comerás flores una novela sólida y muy pertinente sobre cómo la ingenuidad y la inexperiencia constituyen el combustible de una depredación que a menudo es indistinguible del deseo. 


«Y me pregunto si tiene sentido algo. Estudiar aquello, trabajar de esto otro, mudarme, esa relación que fue tan bonita tan lejos tan difícil, o esa otra que rueda tan rápido que tengo miedo a que se resquebraje por el camino y vaya soltando pedazos y que todos los pedazos sean míos.»


★★★★

Agustín Gómez Arcos - El cordero carnívoro

sábado, 25 de octubre de 2025



► Título original: —
► Traducción: —
► Año: 1975
► Edición:  Cabaret Voltaire (2007)
► Páginas: 384


Repudiada y perseguida por la censura, la narrativa de Agustín Gómez Arcos no es sino otro ejemplo más de literatura expatriada que prosperó fuera de nuestras fronteras mucho antes de encontrar, en una especie de compensación cósmica, una segunda oportunidad. Y no es para menos, ya que mi primera aproximación a la obra de este escritor de origen almeriense ha supuesto el descubrimiento de un grito demasiado escandaloso para los sensibles oídos de la represión franquista. Hijo bastardo de Lorca y Nabokov, Agustín Gómez Arcos realiza en El cordero carnívoro un controvertido y magistral alegato a favor de lo sórdido, una alegoría con rostro de realismo rural donde el sentido del decoro se ofrece como sacrificio expiatorio al dios profano del amor entre hermanos.

La historia de El cordero carnívoro arranca con el nacimiento de un muchacho en el seno de una familia de la burguesía andaluza que, tras el final de la guerra civil, se halla inmersa en el declive propio de la derrota. Incapaz de abrir los ojos, el protagonista despierta un profundo e irracional rechazo en la madre, Matilde, que durante los primeros dieciséis días de la vida del niño se prepara para realizar un fastuoso peregrinaje religioso en un intento de exorcizar el alma condenada de su hijo. En esta atmósfera de estupor exaltado, Antonio, el primogénito, se convertirá en el protector de su hermano menor, despertando en él un ávido sentimiento de fraternidad degenerada que servirá como combustible para el fuego de una pasión inmoral.

Completan el elenco de personajes Clara, una irreverente ama de llaves cuyo marido fue asesinado en la guerra; Carlos, el padre, un abogado republicano que recibe a sus clientes en el despacho de su casa mientras languidece escuchando por la radio los cantos victoriosos del bando nacional; don Pepe, un profesor disidente que no duda en impartir sus lecciones con violencia, y don Gonzalo, un cura pedófilo que inquiere con satisfacción acerca de las impúdicas relaciones engendradas tras las puertas cerradas de esa habitación pecaminosa donde se profesa una fe nueva.

Así, la amplia hacienda familiar donde transcurre la práctica totalidad de la novela, constituye un claustrofóbico ecosistema que viene a representar la España fracturada, arcaica y mojigata que se expandió durante décadas por todo el país como un letal virus de posguerra. A través de las distintas dinámicas e interacciones entre los personajes, Agustín Gómez Arcos recrea de manera magnífica la opresión y el oscurantismo de una época abyecta donde el Estado perpetra un inexorable exterminio y la Iglesia, colaboradora necesaria de la masacre, queda retratada como una institución fundamentalmente vil y corrupta. Sí, más allá de su naturaleza absolutamente perversa, el indescriptible y perturbador éxtasis sexual y espiritual del protagonista en brazos de su hermano Antonio se percibe como la solución grotesca al escarnio de habitar una nación fratricida.

Sin duda, El cordero carnívoro es mucho más que una simple historia de incesto gay. Detrás de la provocación y el alboroto evidentes, Agustín Gómez Arcos practica una excelsa alfarería con el lenguaje que está repleta de símbolos e imágenes completamente arrebatadoras y que nace de la más desatada —y desacomplejada— libertad creativa. Prisionero en una extraña simbiosis de inocencia y descaro, el protagonista de esta obra inclasificable, siempre alternando entre el papel de víctima y verdugo, plasma su ilícita formación amorosa con una sensibilidad que evoca repulsión y sensualidad a partes iguales. Crónica de caricias ardientes y anhelos políticos frustrados, El cordero carnívoro desafía cualquier autoridad —seglar o eclesiástica— que se interponga para constatar que lo prohibido no es sino el nombre que tiene el régimen dominante de bautizar todo lo que le resulta incómodo.


«Y este amor, más vivo que nunca, no está abocado a la muerte porque procede de la fuerza del pecado.»


★★★★★

Iván Repila - El aliado

martes, 29 de enero de 2019



►Título original: —
►Traducción: —
►Año: 2019
►Edición: Seix Barral
►Páginas: 256


Tras cosechar críticas muy positivas con sus anteriores novelas, El niño que robó el caballo de Atila y Prólogo para una guerra, Iván Repila (Bilbao, 1978) regresa a la actualidad del panorama editorial con El aliado, una obra tremendamente incendiaria y corrosiva que pretende agitar el debate en torno a la lucha feminista desde la perspectiva de un hombre que toma conciencia del asunto y se suma al carro sin demasiado conocimiento de causa.

El protagonista de El aliado, que se autodenomina «el tío más feminista del mundo», responde al prototipo de varón blanco heterosexual que, aun creyéndose defensor de la igualdad y el respeto, participa en todo tipo de comportamientos misóginos fuertemente interiorizados. Sin embargo, cuando un compañero de piso le muestra un vídeo en el que aparece manteniendo relaciones sexuales con una chica, grabado a todas luces sin el consentimiento de ella, se horroriza ante lo que considera una flagrante e injusta violación de su intimidad. A partir de ese momento, el narrador, que responde a las siglas I.R.R., comienza a implicarse cada vez más en actividades de corte feminista, acudiendo a charlas divulgativas, leyendo textos fundamentales del movimiento y, en general, deconstruyendo la visión patriarcal de la sociedad en la que ha sido educado.

Gracias a su estridente zambullida en el mundo del feminismo, el protagonista conocerá a la brillante y carismática Najwa, una ferviente activista con la que inicia un affaire igual de apasionado en el plano romántico que en el ideológico. De sus encendidas charlas postcoitales nacen reflexiones sobre género, política y relaciones de poder que prenden en nuestro peculiar aliado la chispa de la revolución, implantando en lo más profundo de su ser la idea de que a la lucha por los derechos de las mujeres no se le ha insuflado la suficiente violencia como para ser efectiva. 

Lo que ocurre a continuación en la novela de Iván Repila solo puede describirse como un auténtico derroche de socarronería narrativa que catapulta el nivel de mordacidad de la obra hasta límites estratosféricos. Con inenarrable gracia e ingenio, Repila describe un proceso, el de la incursión en las líneas de batalla feministas, que para muchos hombres contemporáneos resultará dolorosamente familiar. El descubrimiento de las infinitas desigualdades entre sexos, la terminología laberíntica y el descorazonador escarnio del que se nutren las redes sociales desemboca en mala conciencia, la ruptura radical con valores obsoletos y un síndrome de insatisfacción permanente que el protagonista de El aliado trata de expiar de la peor manera posible: apropiándose de un movimiento en el que solo le corresponde un papel secundario.

Aunque Iván Repila recoge en esta novela una plétora de anécdotas, situaciones violentas y argumentos de cuñado relacionados con el feminismo que cualquiera de nosotros estará harto de escuchar, El aliado va más allá de la mera crónica. La obra de Repila, siempre provocativa y pegada a la actualidad, contiene un demoledor componente especulativo que el autor explota hasta las últimas consecuencias. ¿Pueden las buenas intenciones acabar saboteando una causa noble? ¿Es la igualdad absoluta entre hombres y mujeres un proyecto tangible o una ingenua distopía? ¿Seremos capaces de salvar las brechas de género o moriremos brutalmente en el intento? A pesar de que el tono combativo de la novela degenera a veces en verborrea panfletaria y de que muchos personajes rozan lo caricaturesco, El aliado me ha parecido una propuesta audaz, inteligente y muy interesante que, sin duda, dará mucho que hablar durante los próximos meses.


«Las mujeres que me rodean están llenas de ira. No una ira espontánea, fruto de una insatisfacción pasajera, de un deseo inmediato que se frustra, sino una ira orgánica, interiorizada, contenida por cientos de rutinas. Una ira asumida como un estado natural, desglosada en capítulos de iras menores que alivian, momentáneamente, su condensación. La ira como una enfermedad mental que no se cuenta».


PUNTUACIÓN: ★★★☆

Berta Vias Mahou - Una vida prestada

jueves, 15 de marzo de 2018


«¿Qué soy? ¿Qué he sido? Un monstruo que ha dedicado su vida a inmortalizar todo lo que encontraba a su alrededor. Sí. Soy una máquina. Y mi corazón es una cámara».


►Título original: —
►Traducción: —
►Año: 2018
►Editorial: Lumen
►Páginas: 216


Aún recuerdo cuando saltó a los medios el extraño caso de Vivian Maier. Mientras se documentaba para escribir un libro sobre la historia de Chicago, el artista y productor de cine John Maloof adquirió un archivo de fotografías que ocultaban el extraordinario talento de Maier, una mujer de mirada insólita que por falta de recursos no llegó a revelar casi ninguno de los 100.000 negativos encontrados en el lote. El crítico e historiador Allan Sekulla advirtió rápidamente el valor artístico de las fotografías y en un breve lapso de tiempo Vivian Maier pasó a convertirse en una figura de culto que, como tantas otras, recibió de manera póstuma el reconocimiento que sin duda merecía en vida.

Pocos detalles se conocen acerca de la biografía de Vivian Maier, salvo que fue hija de judíos exiliados y que trabajó de niñera para familias acomodadas durante la mayor parte de su itinerante estancia en los Estados Unidos. En Una vida prestada, la escritora Berta Vias Mahou (Madrid, 1961) trata de ahondar en esos misteriosos abismos adonde los historiadores no llegan, rellenando los espacios de una existencia relegada al anonimato de la que solo quedan sombras y reflejos furtivos. 

¿Puede alguien darse a conocer enteramente mediante su arte? ¿Qué parte de la auténtica Vivian Maier queda plasmada en sus enigmáticos autorretratos? El número de incógnitas desperdigadas en el relato de Maier es solo comparable al deseo de despejarlas. En esta obra de apenas extensión, Berta Vias Mahou acomete dicha tarea con resultados francamente desconcertantes. A pesar de la libertad que proporciona el lienzo en blanco, Una vida prestada parece carecer de elemento especulativo. La reconstrucción de sus andanzas callejeras, cámara en mano, en busca de una escena digna de ser inmortalizada queda ensombrecida por una serie de decisiones narrativas que han entorpecido mi inmersión en la historia. 

La alternancia entre primera, segunda y tercera persona no es la más incómoda de ellas. Más bien, el principal escollo que he encontrado durante la lectura de Una vida prestada es su estilo atropellado, fragmentario, plagado de oraciones disparadas como una ráfaga de instantáneas que no dejan espacio a la construcción de un hilo narrativo. Puede que Una vida prestada no sea nada despreciable como homenaje, pero como novela adolece de una flagrante falta de ritmo, de conflicto, de tensión narrativa y de personajes vívidos. 

De las incendiarias reflexiones puestas en boca de Maier sobre la sociedad norteamericana y la corrupción incrustada en el mundo del arte, se desprende un espíritu inconformista que no quiso medrar en la escena neoyorquina a costa de sacrificar su inconfundible personalidad. Maier, movida quizá por un sentimiento de desarraigo y desapego por las posesiones materiales, poseía una fe inquebrantable en el atractivo de los bajos fondos. Sus fotografías capturan a menudo la sordidez y el desencanto de los márgenes. Se dedicó a recorrer medio mundo en busca de almas solitarias y despojadas como ella, atrapadas hoy día en forma de 100.000 recuerdos donde caben todo tipo de hipótesis y fabulaciones. En ese sentido, Una vida prestada desprende el regusto amargo de la oportunidad perdida.

PUNTUACIÓN: ★☆

Aurora Bertrana - Paraísos oceánicos

lunes, 12 de marzo de 2018


«Y envueltos en la soledad infinita perdemos la noción de la época y del tiempo. Nos embriagamos de luz, de paisaje, de silencio y de olvido».


►Título original: —
►Traducción: —
►Año: 2017
►Editorial: :Rata_
►Páginas: 304


Aurora Bertrana (Gerona, 1892) fue una escritora que gozó de gran popularidad en la sociedad española gracias a la narración de sus viajes por países exóticos. Desaparecidas por mucho tiempo, sus fascinantes crónicas se pueden encontrar de nuevo en librerías gracias a esta completísima edición de :Rata_, que incluye multitud de contenido adicional pensado para engalanar la obra de Bertrana como sin duda merece. Entre otras cosas, podemos encontrar entre las páginas de Paraísos oceánicos una sucinta biografía, un fragmento de sus memorias, fotografías de sus andanzas por las exuberantes islas del Pacífico y una más que necesaria explicación del impacto que supuso el intrépido y aventurero estilo de vida de Aurora para las mujeres de la época. 

Incapaz de someterse a los dictados que la sociedad y su propia familia marcaban para ella, Aurora rehuye en todo momento tradiciones y convencionalismos. En los años 20 emprendió una gira musical por Europa durante la cual conoció a su futuro marido, un ingeniero eléctrico que fue invitado a participar en la construcción de una nueva central en la Polinesia francesa. Los tres años que duró su estancia allí son el sustrato del que se nutre este libro, marcado por una incesante sensación de descubrimiento, de novedad, que se traduce en largas y nutridas descripciones de todo en cuanto Aurora posaba su mirada. 

Me gusta pensar en Aurora Bertrana como una especie de expedicionaria nacional, encomendada a la misión de empujar los límites del mundo conocido para todos aquellos que vivían presos en un país falto de imaginación. Sus intensos y vívidos retratos del paisaje tahitiano, impregnados de cierto aire enamoradizo, transmiten un espléndido candor juvenil que enternece precisamente por sus carencias narrativas. La reiteración es una constante en Paraísos oceánicos y la falta de vocabulario un mal menor que no consigue atrapar todos los matices de azul que tiñen las aguas de Bora-Bora o Papeete. Bertrana, sin embargo, demuestra en este libro que no se necesitan grandes recursos para narrar en alta definición. Su estilo transmite el frescor de la brisa oceánica y la humedad de la vegetación. Bertrana testifica, no solo acerca de la hipnótica geografía, sino sobre las llamativas costumbres indígenas y la tragedia que supuso la aparición del hombre blanco para la subsistencia de su cultura primigenia. 

Los «sabios» de la época han señalado la falta de espíritu crítico como un defecto que lastra la valoración de Paraísos oceánicos. A este respecto, no puedo estar más de acuerdo con la escritora y traductora Jenn Díaz, quien menciona en uno de los textos complementarios de la obra que «las costuras del primer libro de la autora catalana son visibles porque pueden serlo, porque deben serlo, es un libro hermoso tal y como está escrito». La ingenuidad, inexperiencia e intrepidez de Aurora Bertrana resuenan como el eco de una tierra virgen y constituyen el contrapunto idóneo a la violenta dinámica tribal que rige entre la población autóctona. Paraísos oceánicos es un cautivador relato sobre playas de arena blanca, pechos al aire y danzas orgiásticas alrededor del fuego. Un libro de asombrosos contrastes que sirve para redefinir nuestra perspectiva del mundo y en el que la autora captura con pasmosa facilidad el espíritu irrecuperable del suelo nunca pisado. Desde las páginas de Paraísos oceánicos se eleva el lamento de un Edén encontrado y, por tanto, perdido.

PUNTUACIÓN: ★★★☆

Andrés Barba - República luminosa

jueves, 8 de marzo de 2018


«La sonrisa de ese niño me perturbó porque confirmaba que había habido una conexión entre nosotros, que algo que había comenzado en mí había terminado en él». 


►Título original: —
►Traducción: —
►Año: 2017
►Editorial: Anagrama
►Páginas: 192


La infancia es una mancha nebulosa en la memoria. Un terreno salvaje que en su momento no nos lo parece tanto y del que la mayoría partimos despreocupados, olvidando sus misteriosos abismos. Quizá por eso las novelas que abordan el tema de la infancia ejercen sobre muchos lectores, entre los que me incluyo, un magnetismo tan subyugante. Porque nos ofrecen la impagable oportunidad de reconquistar sus plazas fuertes, de aproximarnos al paraíso perdido de nuestra niñez desde una óptica mucho más reveladora. 

República luminosa, ganadora de la última edición del Premio Herralde de Novela, es una gran historia sobre infancias rememoradas que pone al descubierto la sordidez de ser niño. Andrés Barba entreteje una crónica fascinante sobre un acontecimiento que sacudió la vida de una pequeña localidad tropical, narrada más de dos décadas después de que sucedieran. La comunidad de San Cristóbal, enclavada entre lo que parece una impenetrable selva amazónica y las corrientes de agua marrón del río Eré, se vio sobrecogida por la aparición repentina de 32 niños que se dedicaron a sembrar el caos y la violencia en fugaces ráfagas de una crueldad indescriptible. El narrador, un joven funcionario de Asuntos Sociales que se vio involucrado en la investigación de los crímenes, relata con gran desasosiego su experiencia de los hechos, alumbrados por la nueva luz que otorga el paso del tiempo.

A lo largo de breves capítulos en los que Barba demuestra un impresionante dominio de la tensión narrativa, República luminosa va fluctuando entre las tenebrosas fabulaciones del protagonista y la exposición rigurosa de cuantos datos se pudieron corroborar. Repudiados por la sociedad, criados en un ambiente de absoluta decadencia y perversión, los infames niños de San Cristóbal se erigen como un incómodo recordatorio de que no todo marcha sobre ruedas en esta desmesurada burbuja capitalista en la que vivimos. Con refrescante economía de recursos, Barba sabe crear una espeluznante atmósfera a medio camino entre lo rural y lo cosmopolita donde la corrupción física y moral de sus habitantes se convierte en la ponzoña que acaba infectando a los más indefensos.
  
Sin duda, lo más terrorífico de los monstruos es reconocerse en ellos. Si los niños son un espejo de los adultos, no es de extrañar que los personajes de República luminosa se defiendan espantados de su propio reflejo. Descubrir la facilidad con la que se echa a perder la inocencia deja una huella difícil de borrar, una profunda sensación de desarraigo, de pérdida, para la que no se puede hallar solaz. Andrés Barba ha creado una novela oscura y sombría en la que se escucha el incesante latido de un corazón negro. Mística, fabulosa, inquietante, República luminosa es una lectura muy recomendable que va incrementando de intensidad hasta alcanzar una conclusión anticipada, pero no por ello menos sublime. Merece la pena no perderla de vista.

PUNTUACIÓN: ★★★☆

Marta Rebón - En la ciudad líquida

viernes, 19 de enero de 2018



►Título original: -
►Traducción: -
►Año: 2017
►Editorial: Caballo de Troya
►Páginas: 416


Marta Rebón es una de las traductoras del ruso con más experiencia y reconocimiento a sus espaldas que hay en nuestro país. Sin embargo, como cualquiera de nosotros, Marta es muchas cosas más. Es también una fotógrafa diligente, algo que se percibe en las numerosas instantáneas que irrigan el texto de En la ciudad líquida. Es una viajera inquieta, exploradora hasta las últimas consecuencias de los nuevos territorios que pisa. Biógrafa comprometida, logra transmitir una profunda admiración por las vidas de aquellos escritores que han determinado en gran medida los contornos de su identidad.


En efecto, la literatura es un movimiento sísmico que configura nuestro paisaje interior. De igual manera, En la ciudad líquida se puede describir como el concienzudo esfuerzo de su autora por dibujar un mapa que refleje esa geografía íntima. Es, ante todo, un libro inclasificable, caracterizado por la libertad total que supone traspasar los límites que imponen etiquetas y definiciones. Crónica europea de la represión, libro de memorias, cuaderno de viajes, bitácora de lecturas... En la ciudad líquida es un texto camaleónico que cambia constantemente de forma, manteniéndose fiel al espíritu disidente de los novelistas y poetas que pueblan sus páginas, pero dejando entrever en todo momento un ardoroso y fervor por la lectura y el oficio de traducción, a veces denostado dentro de los propios círculos editoriales.

Cada capítulo de En la ciudad líquida aborda un motivo distinto, ya sea una etapa específica de su itinerario vital o la arquitectura emocional de ciudades por las que Marta Rebón nos acompaña como experta guía turística. A orillas del Nevá conoceremos una San Petersburgo fantasmagórica que ejerció sobre Dostoievski su magnético influjo. De Argel emana un arrullo desértico que enamoró a Camus por su capacidad para hacerle experimentar el auténtico silencio. Tánger, Oporto, Quito, Moscú, Nueva York... escenarios crepusculares que en el libro de Rebón adquieren una cualidad etérea, atemporal. En la ciudad líquida erige además un lugar privilegiado para la poesía de mujeres como Elizabeth Bishop y Anna Ajmátova, enmarcando su obra inmortal en el relato de sus respectivas tragedias personales. Tragedias que se unen a las de otros muchos escritores revolucionarios que fueron víctimas de la aplastante censura soviética y que Marta Rebón disecciona en su libro con meticuloso rigor.

Conmovedor en su intensidad, apasionante en su desorden, En la ciudad líquida constituye una lectura especialmente recomendada para bibliófilos empedernidos y feligreses de la literatura rusa en general. Marta Rebón nos ofrece con su libro la posibilidad de realizar simultáneamente un maravilloso viaje horizontal, más allá, y vertical, más adentro, hacia las profundidades de la memoria y el lenguaje, esos grandes y con frecuencia visitados países que, no obstante, en ocasiones nos siguen resultando completos desconocidos. 


"No amo a los justos, a aquellos que jamás cayeron, que nunca dieron un traspié, pues la suya es una virtud muerta, de escaso valor. A ellos no se les revela la belleza de la vida".

  PUNTUACIÓN: ★★★★

 
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