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Mike Lightwood - El fuego en el que ardo

jueves, 28 de enero de 2016


► Título original: -
► Traducción: -
► Año de publicación: 2016
► Editorial: Plataforma Neo
► Páginas: 384



¡Señoras y señores! ¿Es usted homosexual y no encuentra personajes literarios que lo representen? ¿Está cansado de ver reducida su orientación a un mero estereotipo? ¿Pensaba que nunca llegaría el día en que sus intereses, inquietudes y problemas, totalmente diferentes al del resto de seres humanos, se convertirían en el tema central de una novela juvenil? ¡Pues está de enhorabuena! Ha llegado a su vida El fuego en el que ardo, la novela que hizo llorar a David Levithan. Es tan única, tan original, tan innovadora y rompe tantos moldes que deberían hacérsela llegar inmediatamente a escritores como David Leavitt, Sarah Waters, Andrew Smith, Stephen Chbosky, Benjamin Alire Sáenz, Caitlin Moran, Tom Spanbauer, Jamie O'Neill, Patrick Ness, Peter Cameron, Miranda July, Jeanette Winterson, Christopher Isherwood, James Baldwin, Oscar Wilde o Pier Paolo Pasolini para que aprendan cómo se deben tratar de manera adecuada los asuntos que despiertan el interés del público LGBT. ¿Series como Glee, Queer as Folk, Banana o Looking? ¿Películas como Weekend, Lilting o A Single Man? Todo basura en comparación con lo que uno aprende de esta reveladora y magistral novela. Sin lugar a dudas, El fuego en el que ardo está llamada a convertirse en la nueva enciclopedia gay. 

O algo así es lo que sucedería en un universo paralelo. En el nuestro, de momento, lo único que puedo decir sobre El fuego en el que ardo es que ha cumplido todas y cada una de las expectativas que tenía puestas en ella. Que son, exactamente, cero. Pero claro, uno es humano y el morbo que da leer la obra de un autor al que conoces y con el que interaccionas era superior a mí. Bajo la premisa que he desarrollado en el párrafo anterior, Mike Lightwood nos trae una historia pretenciosa a más no poder que ¡al fin! da voz a todos aquellos jóvenes que alguna vez han sufrido maltrato, insultos o vejaciones por motivo de su condición sexual. Óscar, el protagonista, es un adolescente que asegura vivir en un infierno. Sus compañeros se burlan de él, le pegan chicles en el asiento, le escriben mensajes humillantes en el libro de matemáticas y, cuando se ponen calentitos, incluso lo acorralan en el baño y lo apalean. Para colmo, su padre es un ser inhumano que anda todo el día a la gresca sin motivo ninguno y que se dedica a someter a su familia a base de gritos, amenazas y bofetadas. Incapaz de soportar esta situación, Óscar se afeita, digooo, se hace numerosos cortes en brazos y piernas que le ayudan a sobrellevar el dolor. ¿Hola? ¿Willow, estás ahí?

El dolor es intenso y amargo, más de lo que estoy acostumbrado, y no puedo evitar soltar un gruñido y abrir los ojos de golpe en contra de mi voluntad. La sangre comienza a manar de inmediato y se extiende por el agua como la luz del sol que se derrama por el cielo al atardecer.

La idea está bien, eso de radiografiar el sufrimiento humano en situaciones extremas, condenando de paso el acoso escolar. Me parecía cuando menos interesante saber cómo abordaba el tema del bullying alguien que es conocido por liderar en redes sociales auténticas campañas de desprestigio y abusos. Lástima que se haya hecho ya millones de veces y su intento no aporte absolutamente nada al conocimiento acumulado a través de los años. Por no decir que la forma de tratar el tema de las automutilaciones me parece vergonzosa e ignorante (o como mínimo mal documentada) y en más de una ocasión se puede percibir al autor haciéndose la picha un lío con la sexualidad de algunos personajes. Es lo que tiene tanta entrada y salida del armario, que se pierde el norte. Tampoco me gusta el tono de "el drama por el drama" que impregna la historia. Óscar es un personaje asentado en el victimismo más profundo, un chico que durante toda la novela parece clamar a los cuatro vientos ¡¡¡MIRADME, ESTOY SUFRIENDO!!! en plan emo, sin posibilidad de que sus sentimientos se deduzcan a partir de lo narrado. Si la intención del autor era entristecer, conmover o despertar empatía, meternos sus penas por el gaznate no es la alternativa más indicada.

Pero claro, la falta de sutileza es una constante que campa a sus anchas por las páginas de El fuego en el que ardo. Mike Lightwood padece un caso agudo de síndrome de John Green, que consiste en confundir la voz narrativa con la propia, o dicho de otro modo, esconderse detrás de un personaje para emitir ideas o convicciones personales, normalmente acompañadas por severos juicios de valor que desprenden un insistente tufillo a superioridad moral. Es como si todo en esta novela tuviera un sospechoso cariz autobiográfico que no sé si es intencionado o una proyección subconsciente. Y claro, esto es una cosa que te saca bastante de la narración. Te saca a hostias. ¿O acaso es necesario señalar de repente que el doblaje de las películas es un añadido degradante o que las personas incapaces de ver una película subtitulada son poco menos que retrasadas? Se puede estar de acuerdo o no, pero la forma de exponerlo no encaja con la escena ni tiene sentido dentro de la historia porque no aporta nada. ¿A santo de qué viene decir que uno de los libros favoritos de cierto personaje es Jungla de saltamontes, novela que —casualmente— Mike se ha encargado de traducir? ¿Qué pinta Begoña Oro en medio de una conversación de Whatsapp? ¿A cuánto está la mención en una novela?

Retrato robot de Óscar

Las referencias explícitas son también uno de los aspectos más destacados de El fuego en el que ardo. Además de los ya citados ejemplos, cada capítulo viene acompañado por fragmentos de canciones populares, que pueden ir desde Shakira a Lady Gaga, pasando por Adele, Halsey, Muse, Conchita Wurst (!!!), Taylor Swift, Beyoncé, Edurne (!!!), Troye Sivan o Demi Lovato (influencias bastante limitadas, como podéis comprobar). Un detalle curioso, sin relevancia, con el que los miembros de la generación Youtube seguramente chorrearán de placer, pero en el que yo dejé de fijarme en el décimo capítulo por pura saturación. Entremedias, Lightwood adereza un poco la lectura mediante numerosos comentarios sobre libros, películas, series y otros elementos de la cultura popular que reflejan el bagaje marcadamente mainstream de su autor. En ese sentido, se podría catalogar El fuego en el que ardo como el Ready Player One de la literatura LGBT: una novela de escaso valor literario, pero que hará las delicias de su público objetivo. Solo que Ready Player One es mucho mejor.

¿Y qué decir del argumento? Se me había olvidado comentarlo porque apenas existe. Se trata de algo tan simple como que chico conoce a chico en clase de judo, se intercambian los teléfonos porque sí y a continuación se enamoran perdidamente a través de las conversaciones de Whatsapp más ridículas, absurdas y surrealistas que he tenido la oportunidad de presenciar en mi vida. Aunque, ya puestos, se agradece tener una excusa para poder pasar las páginas más rápido. El chico se llama Sergio, por cierto. Y claro, Sergio es guapo, simpático, gracioso, comprensivo, altruista y, en definitiva, jodidamente perfecto. Todo lo que el protagonista estaba soñando. Su tabla de salvación. La variable que determina si esa noche al llegar a casa se corta las muñecas o no (porque claro, como todo el mundo sabe, los trastornos psicológicos se curan con *:・゚✧amor✧・゚:*). ¿Se nos deleita acaso con una debida introducción del personaje o una exploración de su personalidad o sus circunstancias? ¡Acabáramos! No somos dignos de ello. Y lo que ocurre con Sergio se hace extensible al resto de personajes. La madre, el padre, la hermana, ese amigo incondicional de Óscar que le defiende de los matones con un tranquilizador "no te preocupes, ya se cansarán": todos ellos no son más que nombres puestos encima de un folio que cumplen su conveniente función en el debido momento y después no dejan el más mínimo poso.

Cucu! (cantaba la rana)

Pero para qué quieres personajes secundarios, ese molesto aunque necesario relleno, cuando tienes un protagonista sobre el que puedes descargar todo el trasiego de la novela. ¿Qué puede salir mal? Pues, para empezar, puede ocurrir que te hartes de ver cómo se le van agotando las distintas formas de dramatizar. A esto le añades contradicciones a mansalva (¿cómo te atreves a acusar a alguien de ser un pervertido segundos después de confesar que te encanta observar a tus compañeros en las duchas para, acto seguido, meterte en el baño a hacerte una paja?; o ¿por qué dices que un personaje es el primer chico gay al que conoces si diez páginas atrás afirmabas lo mismo sobre otro personaje?), un discurso moralizante y forzado hasta la médula, intervenciones inverosímiles, licencias poéticas que chirrían como el aterciopelado resplandor de un lucero en el fulgurante firmamento, un gaydar que funciona como la versión masculina de la diosa interior de Anastasia Steele y la repetición obsesiva de las mismas y las mismas y las mismas ideas una y otra vez. Y otra más de regalo. La repetición, que es la madre de la retención. Ya se sabe. Remata la faena una edición repleta de curiosidades, entradas de blog, tweets, emojis, páginas en negro, dibujitos... lo que sea para enmascarar las carencias narrativas del texto.

En definitiva, El fuego en el que ardo es una novela que vive de la exageración, una obra atiborrada de topicazos, sobredimensionada y vacía que va de subversiva y peca de mojigata. Porque vamos, las dos escenas contadas que hay de sexo no las censuran ni en Heidi. Se nota que está hecha con ilusión y sentimiento, pero esas dos cualidades no bastan para escribir una buena historia, una que merezca la pena ser contada. ¿"El fuego en el que ardo ya no me quema la piel"? ¿"Gris como mi alma"? ¿"Los lobos que aparecieron en el camino ya han sido derrotados, y sus cabezas cuelgan ahora de mi pared"? ¿"Soy fuego, soy luz, soy radiactivoman"? Lo siento, pero por mucho que los booktubers de turno se empeñen en demostrar lo contrario, ser escritor es mucho más que meterse en la piel de una quinceañera rematadamente cursi. Esto daba para subirlo a Wattpad y poco más. No obstante, estoy convencido de que los interesados en esta... obra quedarán fascinados, embelesados, maravillados y se les hará el chichi Pepsi Cola leyendo cada página de El fuego en el que ardo aunque le hagan falta siete correcciones como una casa. Conmigo, eso sí, no ha cuajado en absoluto. 



 
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