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Tiffany McDaniel - Betty

jueves, 25 de septiembre de 2025



► Título original: Betty
► Traducción: Ignacio Gómez Calvo
► Año: 2020
► Edición:  Hoja de Lata (2022)
► Páginas: 528


Hay libros que parecen mecanismos de relojería, con sus manecillas, esferas y complejos engranajes colocados milimétricamente en su sitio de forma deliberada. Y luego hay novelas furiosas, desordenadas, historias que parecen brotar y derramarse sobre la página como sangre de una herida abierta. Betty, la excepcional obra de Tiffany McDaniel (Ohio, 1985), es sin duda alguna de las que pertenecen al segundo grupo. Concebida como un homenaje a la madre de la autora y, en general, a las mujeres de su familia, Betty es la demoledora constatación de que ha nacido una estrella en el firmamento literario. El gótico rural no murió con Flannery O’Connor y Carson McCullers. No, nada más lejos de la realidad. El género está más vivo que nunca y anda suelto pegando tiros por las calles, a la caza de su próxima víctima.

La trama de la novela transcurre en el imaginario pueblo de Breathed, donde la protagonista y narradora, Betty Carpenter, se convertirá en el foco de incesantes burlas y vejaciones debido a su ascendencia cheroqui. Nacida de padre indio y madre blanca, Betty es la única de sus hermanos que ha heredado el tono oscuro de la piel, pero no la primera que lleva el genio y la mala leche escrito en los genes. Piensa en la familia más disfuncional, anárquica y desestructurada que conozcas y entonces podrás vislumbrar solo una fracción de la locura que supone criarse en el seno de un hogar tallado a punta de cuchillo.

Con una maravillosa fusión de brutalidad narrativa y ternura estilística, Tiffany McDaniel elabora un coming of age absolutamente inolvidable en el que la infancia se presenta, no como el lugar seguro que debería ser, sino como una auténtica trinchera. La voz de Betty Carpenter se alza por encima de la vorágine y del ruido de los abusos para iluminar una novela repleta de claroscuros sobre cómo el amor, el cariño y la fraternidad pueden florecer hasta en campos asfixiados por la mala hierba. En ese sentido, destaca la figura del padre, Landon Carpenter, un hombre maltratado por una sociedad injusta, pero que contraataca las estocadas blandiendo su inquebrantable bondad, sus remedios caseros para toda dolencia y una inagotable ristra de mitos personales diseñados para transformar el más doloroso acontecimiento en un fascinante folclore.

El elenco de personajes de Betty es de los más vívidos que recuerdo haber leído en mucho tiempo. Desde la matriarca, mujer completamente desquiciada por culpa de la pérdida, el trauma y la huella del rechazo, hasta la irreverente Flossie, con sus grandilocuentes sueños de convertirse en actriz, pasando por Fraya y su impenetrable muro de estoicismo, el espíritu artístico de Trustin o el entrañable Lint, los protagonistas de Betty circulan por las páginas de la novela con una naturalidad pasmosa, una veracidad que hiere. Como una diosa airada, Tiffany McDaniel ha soplado aliento en la nariz de sus creaciones y las ha colocado en ese punto cardinal, al sur del cielo y al este del Edén, con la única instrucción de arrancarte el corazón cuando menos te lo esperes. En un ejercicio de literatura visceral, aquí el hilo argumental es una cuerda alrededor de tu cuello y el nudo una cosa que se te queda en la garganta tras leer ciertas escenas.

Cruda, despiadada y extrañamente reconfortante, Betty es una extraordinaria novela de formación ambientada en un mundo donde los niños no tienen tiempo para formarse. Donde los monstruos no acechan dentro del armario, sino debajo de las sábanas. Más que un libro, la obra de McDaniel parece una dentellada. Un relato conmovedor, anclado en la tierra y en las raíces, que celebra la comunión con la naturaleza, la tradición y la historia de los pueblos nativos americanos haciendo gala de una sensibilidad que acelera el pulso y eriza la piel. Imagen personificada de la escritura como refugio y lugar de duelo, Betty Carpenter es una protagonista memorable que, con su mirada inocente y quebrada, nos hace partícipes de una época terrible, convulsa, pero en la que se puede encontrar, si sabes dónde buscar, una arrebatadora belleza.


«Dios nos creó a partir de la costilla de un hombre. Esa ha sido nuestra maldición desde entonces. Por eso los hombres tienen la pala y nosotras la tierra. Ahí mismo, entre las piernas. Ahí pueden enterrar todos sus pecados. Pueden enterrarlos tan hondo que nadie se entere de que existen más que ellos y nosotras.»


★★★★☆

James McBride - El pájaro carpintero

viernes, 29 de septiembre de 2017



►Título original: The Good Lord Bird
►Traducción: Miguel Sanz Jiménez
►Año: 2013
►Editorial: Hoja de Lata
►Páginas: 452
►Valoración: ★★★★


La literatura que aborda el período esclavista en los Estados Unidos acostumbra a tener un tono apesadumbrado, plomizo, que no pretende sino armonizar con los horrores que dicha institución supuso para los que vivieron aplastados por su yugo. Después de afrontar obras tan desgarradoras y emocionalmente exigentes como Beloved, Entre el mundo y yo, Volver a casa y, más recientemente, El ferrocarril subterráneo, parece casi un alivio encontrar un libro que se aleje de brutales padecimientos y sea capaz de recrear una atmósfera liviana o incluso jocosa bajo tan terribles circunstancias. 

La novela de James McBride, galardonada en 2013 con el National Book Award, logra con creces su objetivo y sorprende entre otras cosas por el absoluto desparpajo de su voz narrativa. La hilarante autobiografía ficticia de Henry Cebolla Shackleford, un niño esclavo que pasó a formar parte del peculiar escuadrón comandado por el legendario abolicionista John Brown en los años previos a la Guerra de Secesión (1861 - 1865), constituye un relato vibrante y lleno de vida que intercala episodios de una terrible violencia con diálogos y escenas sencillamente descacharrantes. Cebolla cuenta en primera persona, y haciendo uso de un particular dialecto que se ha reproducido de manera excelente en su traducción al castellano, sus alocadas andanzas junto a Brown y sus compañeros, quienes lo toman de manera errónea por una chica y aseguran que la presencia de Cebolla en el grupo les garantizará la victoria en su temeraria cruzada contra la esclavitud. 

Al más puro estilo Tom Sawyer y Huckleberry Finn, las aventuras de Cebolla Shackleford contenidas en El pájaro carpintero están plagadas de pillerías y malentendidos que le supondrán a nuestro protagonista más de un quebradero de cabeza. McBride crea un personaje absolutamente fascinante, un niño deslenguado, despistado y vivaz que cuestiona todo lo que ve a su alrededor sin llegar a encontrar nunca una explicación convincente para sus infortunios. Sus observaciones sobre la esclavitud se alejan mucho del habitual maniqueísmo. Cebolla, en su enternecedora ingenuidad e inexperiencia, se erige como portavoz de un pueblo que no concibe la libertad ni tampoco la desea porque no sabría qué hacer con ella. Así mismo, McBride explora con todo lujo de detalle las consecuencias de vivir bajo un disfraz de manera constante. El conflicto de Cebolla entre su identidad interna y su apariencia externa cristaliza a lo largo de la novela en un sinfín de frustraciones que no solo afectan a su relación con el sexo opuesto sino a la que mantiene con sus congéneres masculinos. 

En general, El pájaro carpintero es una novela que oscila entre lo dinámico y lo vertiginoso, entre lo cómico y lo dramático. No obstante, McBride sujeta en todo momento las riendas de la narración y demuestra un prodigioso dominio de los tiempos que no se suele ver muy a menudo. También es una obra que abraza tanto lo mundano como lo espiritual, haciendo alarde de un importante simbolismo religioso que McBride no duda en caricaturizar, ya sea por medio de peroratas ininteligibles, citas bíblicas extraídas de libros que no existen o interminables sesiones de oración que Cebolla escucha de manera estoica. A pesar de su descreimiento en la capacidad del Señor para llevar a cabo Su voluntad, Cebolla no deja espacio para que brote ni el menor atisbo de desesperanza. Su carácter luchador y el convencimiento que demuestra en sus ideales resultan tiernos e inspiradores al mismo tiempo. Y aun cuando no sea posible alcanzar aquello en lo que creemos, la maravillosa historia de Henry Cebolla Shackleford nos invita a entender el fracaso como un éxito aplazado. Un proyecto en el que las generaciones futuras podrán trabajar justo desde donde nosotros lo hemos dejado.

 
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