► Título original: -
► Traducción: -
► Año de publicación: 2016
► Editorial: Fantascy
► Páginas: 448
Desde que leí La canción secreta del mundo (uno de esos libros capaces de reconciliarte con la literatura juvenil y con la vida en general), me juré a mí mismo que no iba a dejar pasar ninguna novela que llevara estampado el nombre de Cotrina en la portada. Sin embargo, su siguiente publicación fue una obra colaborativa de carácter onírico y bastante rocambolesco que, bien por trabajar bajo las restricciones que supone escribir en compañía o bien por no estar su prodigiosa imaginación en la mejor forma posible, empañó bastante la imagen que me había formado del autor con solo una de sus obras. Y ahora Cotrina vuelve, y vuelve otra vez acompañado por un, para mí, desconocido Víctor Conde con un propuesta conjunta que a primera vista parecía capaz de revitalizar ese entusiasmo casi enfermizo que tantas ganas tenía de experimentar nuevamente en un libro firmado —aunque sea a medias— por el autor vitoriano.
Spoiler: no lo ha conseguido.
Pero primero, pongámonos en situación. Las puertas del infinito se divide en dos líneas argumentales que nos sitúan en escenarios tan diferentes como estrechamente relacionados: por un lado, un Londres alternativo, gobernado por los Estuardo, en el que una exclusiva casta de personas con poderes extraordinarios deambulan de un rincón a otro de la ciudad en busca de extraños portales que conducen a otras dimensiones. Por otro, una caótica y estrafalaria confluencia de realidades yuxtapuestas en la que casi cualquier cosa es posible y en la que una joven esclava ha de hacer frente a toda clase de peligros para ganarse el sustento. La conexión entre dichas tramas es sutil al principio y pasa por una serie de misterios, enigmas y mansiones que guardan asombrosos secretos, pero a medida que avanzamos en la lectura Víctor Conde y José Antonio Cotrina van definiendo cada vez con mayor precisión los puentes que unen ambos universos.
Atmósfera ámbar, un éter que deviene en laboratorio donde se operan las metamorfosis cósmicas, que lo envuelve y abraza, prestándole oxígeno y cristalizándose en pórfidos rojos y mineralizaciones blancas.
¿Habéis entendido algo? Yo tampoco.
Ahora bien, el problema con Las puertas del infinito es precisamente que, cuando comienza a verse la imagen que estas historias paralelas pretenden formar, la narración se diluye en un batiburrillo sin sentido de ideas, conceptos y filigranas estilísticas que sí, de acuerdo, representa de manera fiel el caótico conglomerado metafísico que se esconde tras las aventuras vividas por los protagonistas, pero que también te saca de la novela a fuerza de patadas. Llega un momento en que el sistema de puertas que conducen a otros mundos y las reglas que rigen su utilización degeneran en todo lo contrario a un sistema, dando la sensación de que la magia sirve como excusa para justificar absolutamente cualquier acontecimiento/ida-de-olla que a los autores se les ocurra. Y cuando digo cualquiera, creedme que estamos hablando de cosas que requieren de mucha droga para ser concebidas.
Por otra parte, la prosa es de las más grandilocuentes, pretenciosas e intelectualoides que me he podido echar a la cara en mucho tiempo, rozando por momentos el ridículo y, lejos de aportar lirismo o autoridad a las voces narrativas, supone una auténtica cacofonía de palabras rimbombantes que no hacen sino estorbar, descentrar la atención que debería recibir la historia. No voy a ser yo precisamente quien se queje de la esporádica presencia de arcaísmos o vocablos poco habituales en una obra literaria, pero lo cierto es que este libro no hay quien lo lea sin echar mano del diccionario cada tres párrafos. Y si hablamos en términos argumentales, la cosa no mejora mucho. Parece que los autores han decidido prescindir de una buena caracterización y centrarse en el worldbuilding de un world que no necesita building ninguno porque al final nos follamos la lógica interna y la externa, y la del medio, y la de más allá... de la novela y hacemos que todo valga y ocurra because yes.
Además, Las puertas del infinito es uno de esos típicos libros en los que todo el mundo (menos los protagonistas, por supuesto) sabe qué hay que hacer en cada momento y dónde hay que ir para conseguir ese objeto rarísimo del que nadie nunca ha oído hablar salvo tu vecina del quinto que, casualmente, está esperándote en su casa con las puertas abiertas a que vayas y le preguntes. O dicho de otro modo, el nivel de conveniencia en este libro está algo así como por las nubes. Cierto es que Las puertas del infinito está plagado de ideas más o menos interesantes que podrían haber sido mucho más fructíferas de no parecer que los autores estaban hasta las cejas de MDMA mientras escribían esto, pero la vistosidad y exuberancia de las descripciones o de ciertos conceptos que se manejan a lo largo de la novela (multiverso, criaturas fantásticas, paradojas espaciotemporales) no bastan para plasmar con éxito los delirios que una imaginación fértil y desbocada sea capaz de construir. Y menos, si en lugar de trasladarlos a la página, lo que haces es vomitarlos sobre ella.
Además, Las puertas del infinito es uno de esos típicos libros en los que todo el mundo (menos los protagonistas, por supuesto) sabe qué hay que hacer en cada momento y dónde hay que ir para conseguir ese objeto rarísimo del que nadie nunca ha oído hablar salvo tu vecina del quinto que, casualmente, está esperándote en su casa con las puertas abiertas a que vayas y le preguntes. O dicho de otro modo, el nivel de conveniencia en este libro está algo así como por las nubes. Cierto es que Las puertas del infinito está plagado de ideas más o menos interesantes que podrían haber sido mucho más fructíferas de no parecer que los autores estaban hasta las cejas de MDMA mientras escribían esto, pero la vistosidad y exuberancia de las descripciones o de ciertos conceptos que se manejan a lo largo de la novela (multiverso, criaturas fantásticas, paradojas espaciotemporales) no bastan para plasmar con éxito los delirios que una imaginación fértil y desbocada sea capaz de construir. Y menos, si en lugar de trasladarlos a la página, lo que haces es vomitarlos sobre ella.








